Unamuno se preguntaba desde su cátedra griega salmantina quién era "idiota", para acto seguido responderse desde la etimología: pues un particular, uno que no es concejal ni de la junta del casino.
Idiota (ιδιος), un particular, o sea un don nadie, como se decía ayer, incluso con minúsculas. Pero el caso es que el propio don Miguel era de la opinión que "no es fuera, sino dentro donde hemos de hallar al hombre". No cuenta el estatus, sino la calidad de la persona.
viernes, 19 de agosto de 2011
Retales por los bolsillos, 4. Al político felón.
Las gentes se olvidarán de lo que dijiste, e incluso de lo que hiciste, pero ten la seguridad de que no olvidarán lo que les hiciste sentir.
martes, 16 de agosto de 2011
Retales por los bolsillos, 3. Expertise.
Un tal Marín tuvo el papo de afirmar en la mesa a la que había sido invitado: "Yo no opino. Vengo como experto". Y siguió silente.
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Retales por los bolsillos, 2. Cocinar la economía.
Seriamente: ¿Sabe alguien cuáles son los ingredientes reales para cocinar la economía, quiero decir, un plato de cuchara, no de diseño? ¿Resultará una especie de olla podrida que mata el hambre pero siempre tiene "efectos colaterales" indeseados?
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Retales por los bolsillos, 1. Inversiones educativas.
Nuestra generación, dice un treintañero, está acorralada, porque en España no se reconoce la formación universitaria y las empresas se han acostumbrado a tener una clase obrera de lujo.
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Un mártir con gafas
Santos con gafas solo recuerdo dos. Bueno, y un evangelista en un retablo que se halla en un Museo, al que el tallista le puso quevedos. Era su firma. Ayer celebramos a san Maximiliano Kolbe, mártir con gafas hasta que se las arrebataron en las requisas de Auschwitz. San Max, como le dicen, tiene una capilla en la iglesia de San Carlos Borromeo, en Wroclav, es decir Breslavia, en la orilla polaca del Oder, la Breslau nazi que sufrió asedio hasta su capitulación y posterior asolamiento por el Ejército Rojo.
La capilla se halla cerrada con una reja llena de amenazadores pinchos y apenas iluminada a través de unos vitrales en los que se aprecian a los SS apaleando presos hacia las duchas de la muerte. Es una capilla lúgubre, en la que estuve un largo rato meditando sobre la naturaleza del hombre y el enloquecido siglo XX que hemos dejado atrás.
[Ilustración: http://verdadescristianas.blogcindario.com]
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La capilla se halla cerrada con una reja llena de amenazadores pinchos y apenas iluminada a través de unos vitrales en los que se aprecian a los SS apaleando presos hacia las duchas de la muerte. Es una capilla lúgubre, en la que estuve un largo rato meditando sobre la naturaleza del hombre y el enloquecido siglo XX que hemos dejado atrás.
[Ilustración: http://verdadescristianas.blogcindario.com]
sábado, 23 de julio de 2011
Pareciera cosa de hoy
Ahora, que es tiempo agudo de desempleo y de codazos por un quítate tú, que me pongo yo, me topo con esta redondilla, dedicada por el obispo-virrey y ahora beato don Juan de Palafox y Mendoza, navarro de nación por más señas, al marqués de Torres con motivo de un dictámen del primero sobre la vida cortesana en tiempos de Felipe IV de Borbón. Dice así:
Marqués mío, no te asombre;La recoge Arteaga y Falguera en Una mitra sobre dos mundos... Sevilla, 1985, p. 50, que estoy leyendo precisamente en Fitero, en este año palafoxiano.
ría y llore cuando veo
tantos hombres sin empleo
tantos empleos sin hombre.
viernes, 22 de julio de 2011
El goce malévolo
Recuerdo a un concejal, que acabó maltrecho, tirado en la cuneta como bidón vacío de ciclista, que en el apogeo (¿paroxismo?) de su mandato confiaba a sus amigos de más confianza que había conseguido pensar una cosa, decir otra y aparentar una tercera, amén de cambiar de opinión cuantas veces fuera. Ahora lo suelo ver, añoso, arrastrando los pies por la ciudad, dedicado no ya a la bolsa, sino a la banca del parque que le acoge cuando luce algún rayo de sol. Hizo su parte de la Historia, pero nadie le homenajea por ello. Afirma que, si acaso, el municipio pagará una esquela con el consabido D.E.P. cuando fallezca.
Pienso que antes de envejecer será bueno instalarse en la azotea de la sociedad y desde ese mirador otear las componendas que se ofrezcan. Lo advertía Sándor Márai en boca del nonagenario protagonista de su afamada novela: «La vida se vuelve casi interesante cuando ya has aprendido las mentiras de los demás, y empiezas a disfrutar observándolos, viendo que siempre dicen otra cosa de lo que piensan, de lo que quieren de verdad…».
Pienso que antes de envejecer será bueno instalarse en la azotea de la sociedad y desde ese mirador otear las componendas que se ofrezcan. Lo advertía Sándor Márai en boca del nonagenario protagonista de su afamada novela: «La vida se vuelve casi interesante cuando ya has aprendido las mentiras de los demás, y empiezas a disfrutar observándolos, viendo que siempre dicen otra cosa de lo que piensan, de lo que quieren de verdad…».
Aires meninos
Caoba con un cristal espeso, azogue caduco, luminosos reflejos, libros, ternos y relicarios que se intuyen, una tela al fondo pretendido trasunto de un venerable y beato... En fin, el traspunte destapado.
Entrelazos
El Monasterio cisterciente de Sta. María la Real de Fitero tiene una sala capitular que es una cucada. Conserva hasta la sillería anterior a la Desamortización del XIX. Es románica, de planta cuadrada, con nueve tramos de bóvedas de crucería que descansan sobre columnas. Los capiteles lucen una decoración vegetal de palmetas estilizadas o bien de piñas, arcos y hojas geométricas. Hay quien entre estas ve pequeños panecillos. Sin embargo, los capiteles de las cuatro columnas adosadas se muestran más toscos, con incisiones acanaladas. Tan solo uno, el que reproduzco, es una rareza antropomórfica: entrelazos agarrados por toscos puños que, señalan los expertos, son de estirpe mozárabe. Para mí que representa la fraternidad de la iglesia de Dios, al pueblo eternamente entrelazado, hermanado por una misma fe. Y me viene a la memoria el Libro de los Proverbios, donde se advierte: Frater qui adiuvatur a fratre quasi civitas firma (Prov. 18, 19), el hermano, ayudado por su hermano, es como una ciudad amurallada.
Me gusta tanto como significante, que lo incorporo como logo del blog.
Me gusta tanto como significante, que lo incorporo como logo del blog.
miércoles, 8 de junio de 2011
El corral como refugio
Ordenaba papelotes que amarillean y añosos apuntes sobre la Negritud y me he topado con la alegoría de El águila que no quería volar, del metodista ghanés James E. K. Aggrey (1875-1927). Le acompaña un retal de fotocopia, que pierde ya el toner, con una narración alternativa de la mano del entredicho jesuita Anthony de Melo (1931-1987). Autores y narraciones son divergentes y fueron escritas en muy distintas circunstancias, pero hoy ―como se verá― no resultan precisamente extemporáneas. Comienzo por el texto alternativo, que es el de Tony de Melo:
«Un hombre encontró un huevo de águila. Se lo llevó y lo colocó en el nido de una gallina de corral. El aguilucho fue incubado y creció con la nidada de pollos.
Durante toda su vida, el águila hizo lo mismo que hacían los pollos, pensando que era un pollo. Escarbaba la tierra en busca de gusanos e insectos, piando y cacareando. Incluso sacudía las alas y volaba unos metros por el aire, al igual que los pollos. Después de todo, ¿no es así como vuelan los pollos?
Pasaron los años y el águila se hizo vieja. Un día divisó por encima de ella, en el límpido cielo, una magnífica ave que flotaba por entre las corrientes de aire, moviendo apenas sus poderosas alas doradas.
La vieja águila miraba asombrada hacia arriba. “¿Qué es eso?”, preguntó a una gallina que estaba junto a ella. “Es el águila, el rey de las aves”, respondió la gallina. “Pero, no pienses en ello. Tú y yo somos diferentes de él”.
De manera que el águila no volvió a pensar en ello. Y murió creyendo que era una gallina de corral.»
James Emman Kwegyir Aggrey, apasionado por la educación del hombre africano, la narró solemnemente así:
«Un hombre, mientras caminaba por el bosque, encontró un aguilucho. Lo llevó a su casa y lo puso en su corral. Muy pronto el aguilucho aprendió a comer y a vivir como los pollos.
Un día pasó por allí un naturalista y, sorprendido, preguntó al propietario por qué razón un águila, el rey de todas las aves y pájaros, tenía que permanecer encerrada con los pollos. Y aunque el propietario insistía en que ya no era un águila porque aprendió a vivir y a comportarse como los pollos, él insistió: “Sin embargo, tiene corazón de águila y con toda seguridad se le puede enseñar a volar”. Y cogiéndola en sus brazos dijo al águila: “Tú perteneces al cielo, no a la tierra. Abre las alas y vuela”. Pero el águila, confusa, saltó y se reunió de nuevo con los pollos. Al día siguiente la llevó sobre el tejado de la casa y le volvió a repetir: “Eres un águila, abre las alas y vuela”. Pero el águila tenía miedo de su yo y del mundo desconocido y buscó de nuevo a los pollos.
Al tercer día, el naturalista se levantó temprano y, sacando el águila del corral, la llevó a una montaña. Una vez allí, alzó al rey de las aves y le animó diciéndole: “Eres un águila y perteneces tanto al cielo como a la tierra. Ahora, abre las alas y vuela”. El águila miró alrededor, hacia el corral y arriba hacia el cielo. Pero siguió sin volar. Entonces, el naturalista la levantó directamente hacia el sol; el águila empezó a temblar, a abrir lentamente las alas y, finalmente, con un grito triunfante voló alejándose en el cielo.»
Recuerda El patito feo, de Andersen, pero hubiera sido peor para la rapaz que las gallinas, además, se burlaran de ella.
«Un hombre encontró un huevo de águila. Se lo llevó y lo colocó en el nido de una gallina de corral. El aguilucho fue incubado y creció con la nidada de pollos.
Durante toda su vida, el águila hizo lo mismo que hacían los pollos, pensando que era un pollo. Escarbaba la tierra en busca de gusanos e insectos, piando y cacareando. Incluso sacudía las alas y volaba unos metros por el aire, al igual que los pollos. Después de todo, ¿no es así como vuelan los pollos?
Pasaron los años y el águila se hizo vieja. Un día divisó por encima de ella, en el límpido cielo, una magnífica ave que flotaba por entre las corrientes de aire, moviendo apenas sus poderosas alas doradas.
La vieja águila miraba asombrada hacia arriba. “¿Qué es eso?”, preguntó a una gallina que estaba junto a ella. “Es el águila, el rey de las aves”, respondió la gallina. “Pero, no pienses en ello. Tú y yo somos diferentes de él”.
De manera que el águila no volvió a pensar en ello. Y murió creyendo que era una gallina de corral.»
James Emman Kwegyir Aggrey, apasionado por la educación del hombre africano, la narró solemnemente así:
«Un hombre, mientras caminaba por el bosque, encontró un aguilucho. Lo llevó a su casa y lo puso en su corral. Muy pronto el aguilucho aprendió a comer y a vivir como los pollos.
Un día pasó por allí un naturalista y, sorprendido, preguntó al propietario por qué razón un águila, el rey de todas las aves y pájaros, tenía que permanecer encerrada con los pollos. Y aunque el propietario insistía en que ya no era un águila porque aprendió a vivir y a comportarse como los pollos, él insistió: “Sin embargo, tiene corazón de águila y con toda seguridad se le puede enseñar a volar”. Y cogiéndola en sus brazos dijo al águila: “Tú perteneces al cielo, no a la tierra. Abre las alas y vuela”. Pero el águila, confusa, saltó y se reunió de nuevo con los pollos. Al día siguiente la llevó sobre el tejado de la casa y le volvió a repetir: “Eres un águila, abre las alas y vuela”. Pero el águila tenía miedo de su yo y del mundo desconocido y buscó de nuevo a los pollos.
Al tercer día, el naturalista se levantó temprano y, sacando el águila del corral, la llevó a una montaña. Una vez allí, alzó al rey de las aves y le animó diciéndole: “Eres un águila y perteneces tanto al cielo como a la tierra. Ahora, abre las alas y vuela”. El águila miró alrededor, hacia el corral y arriba hacia el cielo. Pero siguió sin volar. Entonces, el naturalista la levantó directamente hacia el sol; el águila empezó a temblar, a abrir lentamente las alas y, finalmente, con un grito triunfante voló alejándose en el cielo.»
Recuerda El patito feo, de Andersen, pero hubiera sido peor para la rapaz que las gallinas, además, se burlaran de ella.
lunes, 6 de junio de 2011
Retales
Vuelto de Polonia, dejé escrito un papel donde me explicaba que nunca he querido visitar un campo de prisioneros y menos aún de exterminio. No he deseado alimentarme el morbo. Pero sí he considerado detenidamente la anulación de la vida que en ellos se practicó, bien por exterminio (quizá la más leve) o por aplanamiento. Fue determinante la lectura de Victor Frankl.
En otro papel decía que me impresionó descubrir ―¡por primera vez en mi vida!—que la importancia del holocausto no depende tanto de su magnitud como de su significado en términos de vidas personales rotas, insustituibles por su carácter único, singular e irrepetible, en términos de trabajo creador y de capacidad truncada de amar.
Se ha dicho que la “solución final” pasó a ser holocausto cuando los judíos muertos recobraron sus nombres y apellidos. Es atroz.
Cada vez hay más gente que viste pelo blanco reluciente. Ellas se atizan un buen botellazo para obtenerlo; algunos de los otros tiran también de botella, pero para ocultarlo y les queda una cosa como “felpudo ratonero”, en descriptiva expresión de Juan Manuel de Prada.
Si el pelo fuera importante, crecería para adentro, aforismo argentino. Quizá por eso, más que lucir oronda calva, hay quien prefiere rasurarse el cuero y que brille. El peluquín es cosa de falsarios.
De soltero tuvimos en casa un perro bóxer experto en detectar pelucas. Era un don natural, porque no fue adiestrado. Descubrimos su habilidad cuando, un día, apareció por casa una cuñada de mi madre luciendo melena rubia cuando ella, en realidad, era morena y de pelo corto y lacio. El perro se puso como loco y, desde entonces, pudimos conocer a la gente que vestía postizos.
¿Cuál es nuestra idea de lo que hoy es importante? ¿Es lo que en otro tiempo fue del mismo grado de importancia?
De los fracasos no siempre surgen consecuencias positivas. Hay que extraerlas y trabajarlas. El riesgo es dejarnos llevar por el desaliento o un cálculo negativo en vez de por una ilusión sugerente para nuestro actuar.
Ya está definido el mal que aqueja a nuestra época. Al diagnóstico le sigue la negación del mal, cuando debería seguir una terapia. Estamos en probatinas mientras se agudizan los síntomas de un mal que nos desfallece, a nosotros, que antes éramos sociedad.
Cuando el fraile habla atinado se le cierra un párpado, como si con el otro ojo estuviera poniendo los puntos a las perdices. No yerra el tiro, cobra la pieza, ¡ya lo creo!, y no hace cuestión de ello.
En otro papel decía que me impresionó descubrir ―¡por primera vez en mi vida!—que la importancia del holocausto no depende tanto de su magnitud como de su significado en términos de vidas personales rotas, insustituibles por su carácter único, singular e irrepetible, en términos de trabajo creador y de capacidad truncada de amar.
Se ha dicho que la “solución final” pasó a ser holocausto cuando los judíos muertos recobraron sus nombres y apellidos. Es atroz.
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Cada vez hay más gente que viste pelo blanco reluciente. Ellas se atizan un buen botellazo para obtenerlo; algunos de los otros tiran también de botella, pero para ocultarlo y les queda una cosa como “felpudo ratonero”, en descriptiva expresión de Juan Manuel de Prada.
Si el pelo fuera importante, crecería para adentro, aforismo argentino. Quizá por eso, más que lucir oronda calva, hay quien prefiere rasurarse el cuero y que brille. El peluquín es cosa de falsarios.
De soltero tuvimos en casa un perro bóxer experto en detectar pelucas. Era un don natural, porque no fue adiestrado. Descubrimos su habilidad cuando, un día, apareció por casa una cuñada de mi madre luciendo melena rubia cuando ella, en realidad, era morena y de pelo corto y lacio. El perro se puso como loco y, desde entonces, pudimos conocer a la gente que vestía postizos.
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¿Cuál es nuestra idea de lo que hoy es importante? ¿Es lo que en otro tiempo fue del mismo grado de importancia?
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Celebrar la vida y poner en común algo de lo que nos es común, a fin de superar el cansancio en las almas, el agotamiento físico y la resignación. Buscar una regeneración.
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De los fracasos no siempre surgen consecuencias positivas. Hay que extraerlas y trabajarlas. El riesgo es dejarnos llevar por el desaliento o un cálculo negativo en vez de por una ilusión sugerente para nuestro actuar.
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Ya está definido el mal que aqueja a nuestra época. Al diagnóstico le sigue la negación del mal, cuando debería seguir una terapia. Estamos en probatinas mientras se agudizan los síntomas de un mal que nos desfallece, a nosotros, que antes éramos sociedad.
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Cuando el fraile habla atinado se le cierra un párpado, como si con el otro ojo estuviera poniendo los puntos a las perdices. No yerra el tiro, cobra la pieza, ¡ya lo creo!, y no hace cuestión de ello.
jueves, 2 de junio de 2011
Ambiciones
Estropeaba los últimos años de su vida activa porque, no habiendo sido ambicioso materialmente hablando, estaba especialmente preocupado por su insolvencia de futuro. Se crispaba, somatizaba su estrés y se deprimía al echar unas cuentas que no le salían. Y, sin embargo, ha sido un privilegiado de la fortuna, que no sólo no ha carecido de cuanto necesitaba, sino que incluso hoy tiene bienes y talento de cuya administración se le ha de pedir cuenta y razón. Bien lo sabe.
Estaba a punto de convertirse en un has been, pero se trataba de un hito más de una carrera que tendrá otros. No ha muerto para la historia, la suya particular, con hache minúscula, como la de todos; esas que sumadas hacen la Historia que transcurre, aunque no se cuente. La intrahistoria: hechos menudos que sustentan y conforman los grandes.
Estaba a punto de convertirse en un has been, pero se trataba de un hito más de una carrera que tendrá otros. No ha muerto para la historia, la suya particular, con hache minúscula, como la de todos; esas que sumadas hacen la Historia que transcurre, aunque no se cuente. La intrahistoria: hechos menudos que sustentan y conforman los grandes.
viernes, 27 de mayo de 2011
La era del hombre
Llevo horas intentando poner en orden mis ideas sobre el cambio climático. Estoy engolfado entre informaciones de variada índole y origen acerca de las emisiones de dióxido de carbono en la atmósfera y los llamados mercados del carbono, muy volátiles y especulativos, por cierto. Arduo es el trabajo en el que estoy. Tengo la seguridad de que lo que alcance a saber hoy del comportamiento de esos mercados mundiales quizá no valga mañana.
Así las cosas, me topo por accidente con la recensión de un artículo que publica The Economist (http://www.economist.com/node/18744401), dándonos a los lectores la bienvenida al Antropoceno. Confieso que ignoraba que así se había denominado por Paul J. Crutzen (2000) a la «era del hombre», que ya estamos viviendo en el planeta Tierra. Según el articulista, se trata de uno de esos momentos geológicos ―valga la expresión― en los que el progreso científico puede hacer cambiar radicalmente la visión que tenemos de las cosas mucho más allá de la ciencia, haciéndonos repensar la relación del hombre y la Tierra para actuar en consecuencia. Suena bien, porque no siempre se ha tenido en cuenta que el nuestro es un ecosistema al que los hombres estamos íntimamente ligados y en el que desempeñamos un papel definitivo. La cuestión es que ese papel sólo se hace derivar del hecho que, con los medios de que disponemos, los humanos nos hemos convertido en una fuerza de la Naturaleza: estamos modificando el planeta a una escala geológica, pero mucho más rápidamente que lo que realmente tarda un tiempo geológico. El desafío del Antropoceno es ―se afirma― emplear la creatividad y el ingenio humano para reestablecer las cosas de modo y manera que el planeta «pueda cumplir sus tareas en el siglo XXI». No se identifican cuáles puedan ser éstas. El autor no se moja.
Unos, la mayoría, hablan suavemente de la sostenibilidad del crecimiento económico. Otros prefieren referirse con rudeza al «capitalismo global como agente geomorfológico». Se trataría de repensar no tanto qué estamos haciendo, sino por qué y para qué. Administramos un patrimonio que no es nuestro, mientras lo expoliamos procurando no repartir. Además.
Así las cosas, me topo por accidente con la recensión de un artículo que publica The Economist (http://www.economist.com/node/18744401), dándonos a los lectores la bienvenida al Antropoceno. Confieso que ignoraba que así se había denominado por Paul J. Crutzen (2000) a la «era del hombre», que ya estamos viviendo en el planeta Tierra. Según el articulista, se trata de uno de esos momentos geológicos ―valga la expresión― en los que el progreso científico puede hacer cambiar radicalmente la visión que tenemos de las cosas mucho más allá de la ciencia, haciéndonos repensar la relación del hombre y la Tierra para actuar en consecuencia. Suena bien, porque no siempre se ha tenido en cuenta que el nuestro es un ecosistema al que los hombres estamos íntimamente ligados y en el que desempeñamos un papel definitivo. La cuestión es que ese papel sólo se hace derivar del hecho que, con los medios de que disponemos, los humanos nos hemos convertido en una fuerza de la Naturaleza: estamos modificando el planeta a una escala geológica, pero mucho más rápidamente que lo que realmente tarda un tiempo geológico. El desafío del Antropoceno es ―se afirma― emplear la creatividad y el ingenio humano para reestablecer las cosas de modo y manera que el planeta «pueda cumplir sus tareas en el siglo XXI». No se identifican cuáles puedan ser éstas. El autor no se moja.
Unos, la mayoría, hablan suavemente de la sostenibilidad del crecimiento económico. Otros prefieren referirse con rudeza al «capitalismo global como agente geomorfológico». Se trataría de repensar no tanto qué estamos haciendo, sino por qué y para qué. Administramos un patrimonio que no es nuestro, mientras lo expoliamos procurando no repartir. Además.
sábado, 21 de mayo de 2011
Premoniciones
Ahora que parece que algo se mueve en España, hace unos días cayó de entre mis papeles una nota tomada en 2002. Tenía entonces entre manos la edición francesa de la novela de Jean Raspail Le camp des saints, más tarde traducida al español. Su lectura me sobrecogió y más áun años después, cuando se pudo comprobar que su argumento no era de ficción, sino de anticipación de unos sucesos que sucederían tal y como el autor intuyó: unos miserables a bordo de un barco errante al que todos los puertos negaron asilo…
A lo que iba. La nota recogía la siguiente consideración del autor, que traduzco: «Es raro que los movimientos de masas espontáneos no sean, de hecho, más o menos manipulados. Inmediatamente nos imaginamos un director de orquesta omnipotente, gran manipulador en jefe, estirando de miles de hilos en todos los países del mundo y secundado por solistas notables. Nada nos parecería más falso. En este mundo atenazado por el desorden moral, algunos de entre los más inteligentes, generosos o perniciosos, se agitan espontáneamente. Es su manera propia de combatir la duda y escapar de una condición humana cuyo secular equilibrio rechazan. Ignorando lo que nos depara el porvenir, se implican en una loca carrera que es una huida hacia adelante en su propio camino […] Cada cual tira de sus propios hilos, atados a los lóbulos de sus cerebros y es precisamente ahí donde reside el misterio contemporáneo: todos los hilos se unen y proceden, sin concierto, de la misma corriente de pensamiento. El mundo parece sometido no a un director de orquesta identificado, sino a una nueva bestia apocalíptica, una especie de monstruo anónimo dotado de ubicuidad, que desde un principio se habría jurado la destrucción de Occidente. La bestia no tiene un plan concreto. Aprovecha las ocasiones que se le ofrecen […] ¿Es de origen divino o más probablemente demoníaco? Este inverosímil fenómeno, nacido hace más de dos siglos, fue analizado por Dostoievski […] Nada detiene a la bestia. Lo sabe todo el mundo. Esto engendra el triunfalismo del pensamiento entre los iniciados, mientras que los que todavía luchan consigo mismos se persuaden de la inutilidad del combate. […] » (Robert Laffont, Paris, 1996, pp. 55-56)
De este barro solo parecen escapar los ingenuos, que no se enteran, y los más avisados, que no son precisamente los triunfalistas iniciados, sino los prudentes, discretos y más sagaces, que distiguen el trigo de la paja y actúan en conciencia.
A lo que iba. La nota recogía la siguiente consideración del autor, que traduzco: «Es raro que los movimientos de masas espontáneos no sean, de hecho, más o menos manipulados. Inmediatamente nos imaginamos un director de orquesta omnipotente, gran manipulador en jefe, estirando de miles de hilos en todos los países del mundo y secundado por solistas notables. Nada nos parecería más falso. En este mundo atenazado por el desorden moral, algunos de entre los más inteligentes, generosos o perniciosos, se agitan espontáneamente. Es su manera propia de combatir la duda y escapar de una condición humana cuyo secular equilibrio rechazan. Ignorando lo que nos depara el porvenir, se implican en una loca carrera que es una huida hacia adelante en su propio camino […] Cada cual tira de sus propios hilos, atados a los lóbulos de sus cerebros y es precisamente ahí donde reside el misterio contemporáneo: todos los hilos se unen y proceden, sin concierto, de la misma corriente de pensamiento. El mundo parece sometido no a un director de orquesta identificado, sino a una nueva bestia apocalíptica, una especie de monstruo anónimo dotado de ubicuidad, que desde un principio se habría jurado la destrucción de Occidente. La bestia no tiene un plan concreto. Aprovecha las ocasiones que se le ofrecen […] ¿Es de origen divino o más probablemente demoníaco? Este inverosímil fenómeno, nacido hace más de dos siglos, fue analizado por Dostoievski […] Nada detiene a la bestia. Lo sabe todo el mundo. Esto engendra el triunfalismo del pensamiento entre los iniciados, mientras que los que todavía luchan consigo mismos se persuaden de la inutilidad del combate. […] » (Robert Laffont, Paris, 1996, pp. 55-56)
De este barro solo parecen escapar los ingenuos, que no se enteran, y los más avisados, que no son precisamente los triunfalistas iniciados, sino los prudentes, discretos y más sagaces, que distiguen el trigo de la paja y actúan en conciencia.
Así cree que le va, pero no hay tal
No supo sujetar su magín y detener su agotador revoloteo. Tampoco sobreponerse a la perentoriedad del día a día, de modo que no pudo expresar su vida interior como literatura, salvo por algún raro casual y casi siempre para su coleto.
Y aunque sepa expresar sus sentimientos, tampoco es una persona muy dada a hablar: escucha, observa, rumia y, si las tiene, guarda sus palabras para él o, a lo sumo, para su derredor, aunque haya quien discrepe. Sólo muy de vez en cuando tiene la oportunidad de romper su silencio para fuera; entonces nota que causa estupor, porque dice de lo suyo, de sus experiencias e intuiciones, de lo que ha podido trabajar consigo mismo, casi siempre contra corriente.
No trata de enseñar a los demás, sino de aprender. Sabe que el protagonista de la educación no es el maestro, sino el alumno, por eso aprende de todo aquél que tenga algo que enseñar, tanto bueno como malo. Luego actúa en conciencia y, sin reparar en ello, siembra.
Y aunque sepa expresar sus sentimientos, tampoco es una persona muy dada a hablar: escucha, observa, rumia y, si las tiene, guarda sus palabras para él o, a lo sumo, para su derredor, aunque haya quien discrepe. Sólo muy de vez en cuando tiene la oportunidad de romper su silencio para fuera; entonces nota que causa estupor, porque dice de lo suyo, de sus experiencias e intuiciones, de lo que ha podido trabajar consigo mismo, casi siempre contra corriente.
No trata de enseñar a los demás, sino de aprender. Sabe que el protagonista de la educación no es el maestro, sino el alumno, por eso aprende de todo aquél que tenga algo que enseñar, tanto bueno como malo. Luego actúa en conciencia y, sin reparar en ello, siembra.
jueves, 19 de mayo de 2011
La antes llamada creatividad
Hablamos de innovación y, en España, donde existe tanta universidad, hay un déficit atufante de creatividad y de pensamiento. Por otro lado, desde las instancias públicas se cercena ―a veces inadvertidamente― el discurso de ideas soportadas en proyectos de escaso coste económico y que, por eso mismo, no parece que merezcan la pena. De igual forma, hay ideas que “están” ahí, revoloteando, que no pueden ser expresadas por causa de la falta de instrumentos de comunicación, v. gr.: modos diferentes de hacer las cosas. En fin, estólidos ganapanes también prefieren su comodidad y no escuchan. Seguiremos hablando de innovación, de I + D + i, que es más cool.
lunes, 2 de mayo de 2011
Vivir la vida
Duro se me hace salir del regazo donde moré semana y media, de Pascua y antes de Pasión. Estuve en la Gloria. Vuelto hoy al tajo, ya me gruñen y amagan... En fin, "la vida -decía un personaje de novela de Salisachs- es el don más maravilloso que tenemos. No lo niego. Sobre todo porque nos permite ser eternos".
jueves, 10 de febrero de 2011
El fin de una época
El sentir ciudadano, aun sin meterse en honduras, apunta la necesidad de acometer reformas en los ámbitos financiero, laboral, judicial también… No es que no sean necesarias, que lo son, pero la cuestión va más allá de esa evidente incapacidad institucional para afrontar la situación en la que chapoteamos, cuya sintomatología externa está suficientemente descrita en términos tanto económicos como de indigencia política y social. Intuimos que algo tiene que ver la geopolítica, pero, apegados al suelo que tenemos bajo los pies, no somos plenamente conscientes de que estamos ante un cambio histórico, cual es el fin del moderno modelo industrial, y el anticipo del fin de nuestra civilización. Tan crudo como suena. Si acaso, sentimos la sensación vertiginosa y hasta lúdica de encontrarnos en el indescriptible frenesí estético de la postmodernidad.
Fin del modelo industrial, sobre el que se solapan mimbres de la nueva era digital que hay que tejer, careciendo de modelo de referencia y desbordados los corsés ideológicos por la mera ocurrencia de aconteceres que los contradicen. Las urnas vienen progresivamente acabando con la socialdemocracia y el Nuevo Laborismo, incapaces de dar respuesta a los problemas más acuciantes del momento: inmigración, radicalismo islamista, crisis económica, fragilidad (insostenibilidad, injusticia) del Estado de Bienestar… Este bienestar ya no es socialista en Suecia, ni tampoco democristiano en los Países Bajos; quiero decir patrimonio de las viejas izquierda y derecha. Los nuevos gobernantes de Europa abogan por un serio adelgazamiento del Estado, mientras desde la Unión se propicia una subsidiariedad siquiera a medias ―¡no desciende hasta la persona!―, como si este principio fuese el gran descubrimiento de burócratas postmodernos. El arquetipo europeo de gobernanza ha tenido su base en el consenso sobre una doble idea: primera, que la sociedad ―a través del Estado― tiene una responsabilidad hacia sus ciudadanos en términos de bienestar social y crecimiento económico; segunda, que el bienestar de cada cual depende del bienestar del vecino. (Cabe preguntarse, desde luego, hasta dónde debe alcanzar ese vecindario para asegurar la viabilidad del modelo).
A estas alturas de la historia cruje el Estado, porque no garantiza el bienestar, y se echa en falta a la sociedad civil. Y, sin embargo, apenas se habla de la persona humana y de las sociedades que engendra, incluida la civil. Se tiene presente al ciudadano como individuo consumidor, sujeto pasivo de la fiscalidad y elector, cuya voluntad se suplanta a favor no del bien común, sino del particular. Incluso se le hace titular de “nuevos derechos” sin contrapartida de deberes.
A estas alturas de la historia ―digo― padecemos un nuevo despotismo de tinte totalitario, intervencionista e interferidor en la vida personal y familiar de los ciudadanos. Apáticos, nos hemos acostumbrado a recibir la sopa boba en forma de prestaciones de discutible oportunidad y calidad para atender las cuales previamente nos exaccionan crecientes contribuciones e impuestos. Inermes nosotros, deciden sin nosotros qué es lo que les conviene en su corto plazo, sin tener claro nuestro para qué. Eso sí, sabiendo que “el mayor narcótico de la sociedad civil es la subvención” (Manuel Pizarro).
En fin, confío en las gentes, porque “en un jardín crecen más cosas que las que siembra el jardinero”. Es sabiduría proverbial. Además, a pesar del mal todo resulta para bien. También es constante histórica.
miércoles, 9 de febrero de 2011
¡Un proyecto!
Acabo de escribirle a una amiga que ya Herodoto advertía que los dioses truncan todo aquello que destaca: por eso caen abatidos por los rayos los árboles más altos y los animales de mayor tamaño, salvándose los pequeños. Pero el caso es que veintiseis siglos después y a pesar de tantos dioses ocurridos, sigue habiendo quien destaque aun entre los pequeños. No me refiero a los superdotados, que constituyen un impepinable tanto por mil de la población, sino a los talentosos. Son esos que han podido capitalizar en su persona los saberes de su tiempo y podrían movilizarlos según los haceres de su conciencia. Ni esperan el maná del cielo, ni son --diría Gómez Ávila-- reformadores empeñados en decorar los camarotes de un barco que naufraga. Disponen de recursos. ¡Sólo necesitan un proyecto auténtico que les encandile y la voluntad de liderarlo!
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