domingo, 25 de septiembre de 2011

El colillero

Hace decenios que no lo veía, pero el otro día contemplé cómo un anciano recogía colillas del suelo. Con especial cuidado lo hizo con una pava de purito holandés, terciado, que se prendió al morro y aspiró el humo con fruición, como si de un Montecristo se tratase.


Horas después no me pareció que el ponente de una charla académica exagerara exponiendo el carácter de «catástrofe humanitaria de la crisis económica española», con millones de parados, jóvenes sin empleo, prejubilados con escasas pensiones, desahuciados por impago de hipoteca, comedores de caridad con cola, vergonzantes pasando necesidades sin cuento, robos para vender a peristas sin escrúpulos, gente a la rebusca entre la basura para aplacar el hambre… Más tráfico de droga, de blancas, de inmigrantes, de niños, de órganos…

Pero de esto apenas se informa, o se hace de modo deslavazado, de manera que apenas unos pocos ―tildados de negativos y pesimistas― tienen los datos para una visión de conjunto del gran problema. Si acaso, se debate un poco en las instituciones para justificación en el diario de sesiones, pero no se ofrecen alternativas ni soluciones. Crece, eso sí, el número de indignados de todo pelo y condición que ya no saben cómo expresar su rabioso pasar y sentimientos, porque los cauces para ello están reventados, enmarañados por la casta que discute si las ranas visten pelo o pluma o quién gana la porra del «y tú más», mientras mantiene su dieta cobrándonos sueldo, emolumentos y derechos pasivos generados precisamente por su pasividad en los escaños. Me decían gentes de bien con la franqueza que exige la salud pública que, de entrada, a quien diga que nada puede hacer porque es un mero concejal hay que partirle con mucho respeto la cara, finiquitarle el momio, y echarnos a los demonios o todos en auzolán para sacar adelante el negocio ciudadano, dejándonos de atildados salvapatrias.

Ya no se trata del pensamiento agustiniano acerca de la excesiva preocupación por las cosas materiales, que lleva al alma a la mediocridad. Hay gente que metió su alma en un armario para que no estorbe y así desenvolverse mejor. Otra se embrutece sobreviviendo cada día. Pero, con ese iluso afán igualitario que nos está matando, a quien menciona la mediocridad, comenzando por la propia, se le llama elitista y soberbio… Y vuelta a enrasar, por abajo, claro.

Se ha instaurado el fracaso del vivir material. Mas vivir, lo que se dice vivir, no ha sido siempre así.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Un dilema de dos, que resultó de tres


Confieso que lo hice así, como lo cuento, y volvería a repetirlo en defensa propia.


Ayer, al caer la tarde, mi mujer y yo caminábamos por una acera de unos cuatro metros de ancho, entre una farola, un chirimbolo para no sé qué y, un metro más allá, una señal de la ORA. Íbamos con nuestro pequeño perro que, atado corto, olisqueaba el muro de la izquierda. Frente a nosotros, una gusanito nos miraba, viéndolas venir… Y vino así.


Oí por detrás una voz que, a cierta distancia, gritaba pí, pí, pí… Miré de soslayo y vi a dos mozalbetes sobre una bicicleta acercándose, inestables, a cierta velocidad. El que se sentaba sobre el manillar gritaba ya un insolente piií, piií, piií… Un dilema vital se me presentó: o saltábamos con el perro o nos atropellaban por la espalda. Mi mujer en Babia, el perro a lo suyo y la gusanito atenta al desenlace…


Enfiló la bicicleta el escaso espacio que había entre mi mujer yo cuando, haciéndome a un lado, volví sobre el otro y con mi hombro le di un empellón al equilibrista. Él, su motor y los hierros que cabalgaban se esnafraron contra una reja, mientras maldecían de nosotros ¡por no apartarnos! y nos amenazaban con darle una patada al puto perro. Mi mujer comprendió mi finta y aún le retó al macho más vociferante: «¡ven por aquí ven…!» Pero no se le acercó. Se alejaron blasfemando, mientras la impertérrita gusanito comprobaba en los parabrisas de los coches que nadie se excedía en la ORA.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Košice, y II


Monumento en Košice

Sujeta al devenir histórico, otrora parte de Transilvania, luego del Reino de Hungría, provincia del Imperio austro-húngaro, reino sin restauración monárquica, checoslovaca tras el telón de acero y hoy eslovaca en el seno de la Unión Europea. De mano en mano, de todos, quizá de nadie, llamárase Kassa, Kasbrau o Košice, es patria chica de un errante que se firmaba Sándor Márai. En realidad Sándor Károly Henrik Grosschmid de Mára, nacido en 1900 en esta ciudad. Húngaro de nacimiento, sajón de estirpe paterna y nacionalizado norteamericano; antinazi, antisoviético, casado con judía… Suicida con las botas puestas, probablemente no consiguió lo que proclamara: “El hombre hace suyo un lugar no sólo con el pico y la pala sino también con lo que piensa al picar y palear”. “Peregrino del siglo XXI”, le calificaron hace pocos años sus compatriotas.


En Košice hay un conjunto monumental en bronce dedicado a Márai. El autor está sentado, en relajada actitud de atender a quien pudiera estar sentado en la silla vacía que tiene enfrente, quizá en duelo verbal con el fingido Kónrad, buscando la implacable y recóndita verdad de los hechos en El último encuentro, o una respuesta a la pregunta “qué se esconde detrás de la amistad”.


Me hubiera gustado hacerlo, pero no me atreví a ocupar la silla vacía para concararme con ese profundo observador de los sentimientos y las relaciones humanas y preguntarle si, en realidad, lo que a él NO le pasó es que “uno acepta el mundo, poco a poco, y muere”.

Košice, I




Fuente: http://es.wikipedia.org/

 
Así ocurrió días pasados. Un jesuita, desde el ambón, no suele renunciar a hacer hagiografía de sus compañeros mártires. Siquiera debe procurar que no pasen desapercibidos para la feligresía, cuando hoy los santos se cuentan hasta entre la gente corriente. Es el caso de Melchor Grodziecki, Marcos Krizevcanin e István Pongracz, católicos papistas de la Compañía de Jesús a quienes los luteranos transilvanos dieron tormento y muerte el 6 de septiembre de 1619, en la ciudad de Košice, hoy eslovaca e importante plaza del imperio húngaro durante la Guerra de los Treinta Años (1618-1648). Una guerra que comenzó siendo revuelta y se hizo paneuropea, participando España en la Liga que apoyaba a Fernando II de Habsburgo.

Viajé a Košice a principios del 2000. Llegué out of time, vía Praga, muy de madrugada, en un airbús de bandera checa. La terminal muy gris, angosta, polvorienta, mal ventilada… En fin, destartalada y varias veces parcheada con materiales de dudosa calidad y estética. Un micro nos esperaba en el oscuro exterior para conducirnos a nuestra residencia en Spišska nová Ves, pequeña ciudad próxima, al pie de los Altos Tatras, en el macizo que forman los Cárpatos occidentales.

Košice, segunda ciudad de Eslovaquia, lo fue también de Hungría entre los siglos XIV y XVIII. Se encuentra en un rincón al noreste del país, entre las lindes de Hungría, Polonia y Ucrania. Austria tampoco queda lejos. Merced a sucesivos privilegios municipales de concesión real, creció como ciudad gremial y multicultural en el medievo, a la orilla del Hornád y en un cruce de caminos que le permitió desarrollar un importante mercado hasta el siglo XIX y ahora renacer. Aparte de sus orígenes forales, en 1369, Luis el Grande le otorgó el privilegio de usar escudo de armas, convirtiéndola de este modo en la primera ciudad del mundo dotada de blasón, que ilustra estas líneas, como elemento heráldico definidor de su personalidad. Otra de sus singularidades es que la de Santa Isabel de Hungría es la catedral gótica situada más al este de Europa.

Un tanto fanée por causa del anterior régimen comunista, la pequeña y coqueta ciudad es prototípica de las centroeuropeas, que se organizan a partir de un núcleo poblacional de estilo gótico en torno  a la iglesia, que se va haciendo progresivamente barroco e imperio conforme se aleja de ella.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Queda el tocón

A juzgar por los anillos que le cuento, tenía más años que yo. Fue un gran olmo que en el buen tiempo dio sombra a tata Milagros y al ama Matilde, que llegaban hasta él empujando agobiadas el cochecito con el último de mis hermanos, mientras los demás pululábamos en derredor y el japi no nos perdía ojo, por si echábamos mano de las flores de los parterres multicolores o las pisábamos mientras jugábamos al escondite.

Olmos de gran porte y prestancia han caído por docenas en los parques de la ciudad, víctimas de la grafiosis. El bosquecillo de la Taconera era un olmedo de negrillos con tal frondosidad que a sus pies, sobre un estrado de madera, la banda municipal interpretaba los clásicos románticos de los conciertos dominicales, seguidos por circunspectos ciudadanos desde las sillas de pago, los alejados bancos e incluso desde la barra de cinc con frescas cañas y olivas que servía El Alemán.

De todo esto, que hace tiempo pasó, quedan mis vívidos recuerdos infantiles y el tocón, que se pudre mientras nutre blancos hongos mucilaginosos, probablemente venenosos.

viernes, 19 de agosto de 2011

Retales por los bolsillos, 5. Don nadie.

Unamuno se preguntaba desde su cátedra griega salmantina quién era "idiota", para acto seguido responderse desde la etimología: pues un particular, uno que no es concejal ni de la junta del casino.
Idiota (ιδιος), un particular, o sea un don nadie, como se decía ayer, incluso con minúsculas. Pero el caso es que el propio don Miguel era de la opinión que "no es fuera, sino dentro donde hemos de hallar al hombre". No cuenta el estatus, sino la calidad de la persona.

Retales por los bolsillos, 4. Al político felón.

Las gentes se olvidarán de lo que dijiste, e incluso de lo que hiciste, pero ten la seguridad de que no olvidarán lo que les hiciste sentir.

martes, 16 de agosto de 2011

Retales por los bolsillos, 3. Expertise.


Un tal Marín tuvo el papo de afirmar en la mesa a la que había sido invitado: "Yo no opino. Vengo como experto". Y siguió silente.


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Retales por los bolsillos, 2. Cocinar la economía.


Seriamente: ¿Sabe alguien cuáles son los ingredientes reales para cocinar la economía, quiero decir, un plato de cuchara, no de diseño? ¿Resultará una especie de olla podrida que mata el hambre pero siempre tiene "efectos colaterales" indeseados?


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Retales por los bolsillos, 1. Inversiones educativas.


Nuestra generación, dice un treintañero, está acorralada, porque en España no se reconoce la formación universitaria y las empresas se han acostumbrado a tener una clase obrera de lujo.


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Un mártir con gafas


Santos con gafas solo recuerdo dos. Bueno, y un evangelista en un retablo que se halla en un Museo, al que el tallista le puso quevedos. Era su firma. Ayer celebramos a san Maximiliano Kolbe, mártir con gafas hasta que se las arrebataron en las requisas de Auschwitz. San Max, como le dicen, tiene una capilla en la iglesia de San Carlos Borromeo, en Wroclav, es decir Breslavia, en la orilla polaca del Oder, la Breslau nazi que sufrió asedio hasta su capitulación y posterior asolamiento por el Ejército Rojo.

La capilla se halla cerrada con una reja llena de amenazadores pinchos y apenas iluminada a través de unos vitrales en los que se aprecian a los SS apaleando presos hacia las duchas de la muerte. Es una capilla lúgubre, en la que estuve un largo rato meditando sobre la naturaleza del hombre y el enloquecido siglo XX que hemos dejado atrás.

[Ilustración: http://verdadescristianas.blogcindario.com]

sábado, 23 de julio de 2011

Pareciera cosa de hoy

Ahora, que es tiempo agudo de desempleo y de codazos por un quítate tú, que me pongo yo, me topo con esta redondilla, dedicada por el obispo-virrey y ahora beato don Juan de Palafox y Mendoza, navarro de nación por más señas, al marqués de Torres con motivo de un dictámen del primero sobre la vida cortesana en tiempos de Felipe IV de Borbón. Dice así:


Marqués mío, no te asombre;
ría y llore cuando veo
tantos hombres sin empleo
tantos empleos sin hombre.
La recoge Arteaga y Falguera en Una mitra sobre dos mundos... Sevilla, 1985, p. 50, que estoy leyendo precisamente en Fitero, en este año palafoxiano.

viernes, 22 de julio de 2011

El goce malévolo

Recuerdo a un concejal, que acabó maltrecho, tirado en la cuneta como bidón vacío de ciclista, que en el apogeo (¿paroxismo?) de su mandato confiaba a sus amigos de más confianza que había conseguido pensar una cosa, decir otra y aparentar una tercera, amén de cambiar de opinión cuantas veces fuera. Ahora lo suelo ver, añoso, arrastrando los pies por la ciudad, dedicado no ya a la bolsa, sino a la banca del parque que le acoge cuando luce algún rayo de sol. Hizo su parte de la Historia, pero nadie le homenajea por ello. Afirma que, si acaso, el municipio pagará una esquela con el consabido D.E.P. cuando fallezca.

Pienso que antes de envejecer será bueno instalarse en la azotea de la sociedad y desde ese mirador otear las componendas que se ofrezcan. Lo advertía Sándor Márai en boca del nonagenario protagonista de su afamada novela: «La vida se vuelve casi interesante cuando ya has aprendido las mentiras de los demás, y empiezas a disfrutar observándolos, viendo que siempre dicen otra cosa de lo que piensan, de lo que quieren de verdad…».

Aires meninos

Caoba con un cristal espeso, azogue caduco, luminosos reflejos, libros, ternos y relicarios que se intuyen, una tela al fondo pretendido trasunto de un venerable y beato... En fin, el traspunte destapado.

Entrelazos


El Monasterio cisterciente de Sta. María la Real de Fitero tiene una sala capitular que es una cucada. Conserva hasta la sillería anterior a la Desamortización del XIX. Es románica, de planta cuadrada, con nueve tramos de bóvedas de crucería que descansan sobre columnas. Los capiteles lucen una decoración vegetal de palmetas estilizadas o bien de piñas, arcos y hojas geométricas. Hay quien entre estas ve pequeños panecillos. Sin embargo, los capiteles de las cuatro columnas adosadas se muestran más toscos, con incisiones acanaladas. Tan solo uno, el que reproduzco, es una rareza antropomórfica: entrelazos agarrados por toscos puños que, señalan los expertos, son de estirpe mozárabe. Para mí que representa la fraternidad de la iglesia de Dios, al pueblo eternamente entrelazado, hermanado por una misma fe. Y me viene a la memoria el Libro de los Proverbios, donde se advierte: Frater qui adiuvatur a fratre quasi civitas firma (Prov. 18, 19), el hermano, ayudado por su hermano, es como una ciudad amurallada.

Me gusta tanto como significante, que lo incorporo como logo del blog.

miércoles, 8 de junio de 2011

El corral como refugio

Ordenaba papelotes que amarillean y añosos apuntes sobre la Negritud y me he topado con la alegoría de El águila que no quería volar, del metodista ghanés James E. K. Aggrey (1875-1927). Le acompaña un retal de fotocopia, que pierde ya el toner, con una narración alternativa de la mano del entredicho jesuita Anthony de Melo (1931-1987). Autores y narraciones son divergentes y fueron escritas en muy distintas circunstancias, pero hoy ―como se verá― no resultan precisamente extemporáneas. Comienzo por el texto alternativo, que es el de Tony de Melo:

«Un hombre encontró un huevo de águila. Se lo llevó y lo colocó en el nido de una gallina de corral. El aguilucho fue incubado y creció con la nidada de pollos.
Durante toda su vida, el águila hizo lo mismo que hacían los pollos, pensando que era un pollo. Escarbaba la tierra en busca de gusanos e insectos, piando y cacareando. Incluso sacudía las alas y volaba unos metros por el aire, al igual que los pollos. Después de todo, ¿no es así como vuelan los pollos?
Pasaron los años y el águila se hizo vieja. Un día divisó por encima de ella, en el límpido cielo, una magnífica ave que flotaba por entre las corrientes de aire, moviendo apenas sus poderosas alas doradas.
La vieja águila miraba asombrada hacia arriba. “¿Qué es eso?”, preguntó a una gallina que estaba junto a ella. “Es el águila, el rey de las aves”, respondió la gallina. “Pero, no pienses en ello. Tú y yo somos diferentes de él”.
De manera que el águila no volvió a pensar en ello. Y murió creyendo que era una gallina de corral.»

James Emman Kwegyir Aggrey, apasionado por la educación del hombre africano, la narró solemnemente así:

«Un hombre, mientras caminaba por el bosque, encontró un aguilucho. Lo llevó a su casa y lo puso en su corral. Muy pronto el aguilucho aprendió a comer y a vivir como los pollos.
Un día pasó por allí un naturalista y, sorprendido, preguntó al propietario por qué razón un águila, el rey de todas las aves y pájaros, tenía que permanecer encerrada con los pollos. Y aunque el propietario insistía en que ya no era un águila porque aprendió a vivir y a comportarse como los pollos, él insistió: “Sin embargo, tiene corazón de águila y con toda seguridad se le puede enseñar a volar”. Y cogiéndola en sus brazos dijo al águila: “Tú perteneces al cielo, no a la tierra. Abre las alas y vuela”. Pero el águila, confusa, saltó y se reunió de nuevo con los pollos. Al día siguiente la llevó sobre el tejado de la casa y le volvió a repetir: “Eres un águila, abre las alas y vuela”. Pero el águila tenía miedo de su yo y del mundo desconocido y buscó de nuevo a los pollos.
Al tercer día, el naturalista se levantó temprano y, sacando el águila del corral, la llevó a una montaña. Una vez allí, alzó al rey de las aves y le animó diciéndole: “Eres un águila y perteneces tanto al cielo como a la tierra. Ahora, abre las alas y vuela”. El águila miró alrededor, hacia el corral y arriba hacia el cielo. Pero siguió sin volar. Entonces, el naturalista la levantó directamente hacia el sol; el águila empezó a temblar, a abrir lentamente las alas y, finalmente, con un grito triunfante voló alejándose en el cielo.»

Recuerda El patito feo, de Andersen, pero hubiera sido peor para la rapaz que las gallinas, además, se burlaran de ella.

lunes, 6 de junio de 2011

Retales

Vuelto de Polonia, dejé escrito un papel donde me explicaba que nunca he querido visitar un campo de prisioneros y menos aún de exterminio. No he deseado alimentarme el morbo. Pero sí he considerado detenidamente la anulación de la vida que en ellos se practicó, bien por exterminio (quizá la más leve) o por aplanamiento. Fue determinante la lectura de Victor Frankl.


En otro papel decía que me impresionó descubrir ―¡por primera vez en mi vida!—que la importancia del holocausto no depende tanto de su magnitud como de su significado en términos de vidas personales rotas, insustituibles por su carácter único, singular e irrepetible, en términos de trabajo creador y de capacidad truncada de amar.


Se ha dicho que la “solución final” pasó a ser holocausto cuando los judíos muertos recobraron sus nombres y apellidos. Es atroz.
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Cada vez hay más gente que viste pelo blanco reluciente. Ellas se atizan un buen botellazo para obtenerlo; algunos de los otros tiran también de botella, pero para ocultarlo y les queda una cosa como “felpudo ratonero”, en descriptiva expresión de Juan Manuel de Prada.


Si el pelo fuera importante, crecería para adentro, aforismo argentino. Quizá por eso, más que lucir oronda calva, hay quien prefiere rasurarse el cuero y que brille. El peluquín es cosa de falsarios.


De soltero tuvimos en casa un perro bóxer experto en detectar pelucas. Era un don natural, porque no fue adiestrado. Descubrimos su habilidad cuando, un día, apareció por casa una cuñada de mi madre luciendo melena rubia cuando ella, en realidad, era morena y de pelo corto y lacio. El perro se puso como loco y, desde entonces, pudimos conocer a la gente que vestía postizos.
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¿Cuál es nuestra idea de lo que hoy es importante? ¿Es lo que en otro tiempo fue del mismo grado de importancia?
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Celebrar la vida y poner en común algo de lo que nos es común, a fin de superar el cansancio en las almas, el agotamiento físico y la resignación. Buscar una regeneración.
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De los fracasos no siempre surgen consecuencias positivas. Hay que extraerlas y trabajarlas. El riesgo es dejarnos llevar por el desaliento o un cálculo negativo en vez de por una ilusión sugerente para nuestro actuar.
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Ya está definido el mal que aqueja a nuestra época. Al diagnóstico le sigue la negación del mal, cuando debería seguir una terapia. Estamos en probatinas mientras se agudizan los síntomas de un mal que nos desfallece, a nosotros, que antes éramos sociedad.
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Cuando el fraile habla atinado se le cierra un párpado, como si con el otro ojo estuviera poniendo los puntos a las perdices. No yerra el tiro, cobra la pieza, ¡ya lo creo!, y no hace cuestión de ello.

jueves, 2 de junio de 2011

Ambiciones

Estropeaba los últimos años de su vida activa porque, no habiendo sido ambicioso materialmente hablando, estaba especialmente preocupado por su insolvencia de futuro. Se crispaba, somatizaba su estrés y se deprimía al echar unas cuentas que no le salían. Y, sin embargo, ha sido un privilegiado de la fortuna, que no sólo no ha carecido de cuanto necesitaba, sino que incluso hoy tiene bienes y talento de cuya administración se le ha de pedir cuenta y razón. Bien lo sabe.

 
Estaba a punto de convertirse en un has been, pero se trataba de un hito más de una carrera que tendrá otros. No ha muerto para la historia, la suya particular, con hache minúscula, como la de todos; esas que sumadas hacen la Historia que transcurre, aunque no se cuente. La intrahistoria: hechos menudos que sustentan y conforman los grandes.

viernes, 27 de mayo de 2011

La era del hombre

Llevo horas intentando poner en orden mis ideas sobre el cambio climático. Estoy engolfado entre informaciones de variada índole y origen acerca de las emisiones de dióxido de carbono en la atmósfera y los llamados mercados del carbono, muy volátiles y especulativos, por cierto. Arduo es el trabajo en el que estoy. Tengo la seguridad de que lo que alcance a saber hoy del comportamiento de esos mercados mundiales quizá no valga mañana.


Así las cosas, me topo por accidente con la recensión de un artículo que publica The Economist (http://www.economist.com/node/18744401), dándonos a los lectores la bienvenida al Antropoceno. Confieso que ignoraba que así se había denominado por Paul J. Crutzen (2000) a la «era del hombre», que ya estamos viviendo en el planeta Tierra. Según el articulista, se trata de uno de esos momentos geológicos ―valga la expresión― en los que el progreso científico puede hacer cambiar radicalmente la visión que tenemos de las cosas mucho más allá de la ciencia, haciéndonos repensar la relación del hombre y la Tierra para actuar en consecuencia. Suena bien, porque no siempre se ha tenido en cuenta que el nuestro es un ecosistema al que los hombres estamos íntimamente ligados y en el que desempeñamos un papel definitivo. La cuestión es que ese papel sólo se hace derivar del hecho que, con los medios de que disponemos, los humanos nos hemos convertido en una fuerza de la Naturaleza: estamos modificando el planeta a una escala geológica, pero mucho más rápidamente que lo que realmente tarda un tiempo geológico. El desafío del Antropoceno es ―se afirma― emplear la creatividad y el ingenio humano para reestablecer las cosas de modo y manera que el planeta «pueda cumplir sus tareas en el siglo XXI». No se identifican cuáles puedan ser éstas. El autor no se moja.

Unos, la mayoría, hablan suavemente de la sostenibilidad del crecimiento económico. Otros prefieren referirse con rudeza al «capitalismo global como agente geomorfológico». Se trataría de repensar no tanto qué estamos haciendo, sino por qué y para qué. Administramos un patrimonio que no es nuestro, mientras lo expoliamos procurando no repartir. Además.

sábado, 21 de mayo de 2011

Premoniciones

Ahora que parece que algo se mueve en España, hace unos días cayó de entre mis papeles una nota tomada en 2002. Tenía entonces entre manos la edición francesa de la novela de Jean Raspail Le camp des saints, más tarde traducida al español. Su lectura me sobrecogió y más áun años después, cuando se pudo comprobar que su argumento no era de ficción, sino de anticipación de unos sucesos que sucederían tal y como el autor intuyó: unos miserables a bordo de un barco errante al que todos los puertos negaron asilo…

A lo que iba. La nota recogía la siguiente consideración del autor, que traduzco: «Es raro que los movimientos de masas espontáneos no sean, de hecho, más o menos manipulados. Inmediatamente nos imaginamos un director de orquesta omnipotente, gran manipulador en jefe, estirando de miles de hilos en todos los países del mundo y secundado por solistas notables. Nada nos parecería más falso. En este mundo atenazado por el desorden moral, algunos de entre los más inteligentes, generosos o perniciosos, se agitan espontáneamente. Es su manera propia de combatir la duda y escapar de una condición humana cuyo secular equilibrio rechazan. Ignorando lo que nos depara el porvenir, se implican en una loca carrera que es una huida hacia adelante en su propio camino […] Cada cual tira de sus propios hilos, atados a los lóbulos de sus cerebros y es precisamente ahí donde reside el misterio contemporáneo: todos los hilos se unen y proceden, sin concierto, de la misma corriente de pensamiento. El mundo parece sometido no a un director de orquesta identificado, sino a una nueva bestia apocalíptica, una especie de monstruo anónimo dotado de ubicuidad, que desde un principio se habría jurado la destrucción de Occidente. La bestia no tiene un plan concreto. Aprovecha las ocasiones que se le ofrecen […] ¿Es de origen divino o más probablemente demoníaco? Este inverosímil fenómeno, nacido hace más de dos siglos, fue analizado por Dostoievski […] Nada detiene a la bestia. Lo sabe todo el mundo. Esto engendra el triunfalismo del pensamiento entre los iniciados, mientras que los que todavía luchan consigo mismos se persuaden de la inutilidad del combate. […] » (Robert Laffont, Paris, 1996, pp. 55-56)

De este barro solo parecen escapar los ingenuos, que no se enteran, y los más avisados, que no son precisamente los triunfalistas iniciados, sino los prudentes, discretos y más sagaces, que distiguen el trigo de la paja y actúan en conciencia.