viernes, 14 de noviembre de 2014

¡Uy-uy-uy-ama!


A pelota se ha jugado siempre, bueno, hasta hace poco. Desde muy niños. Bastaba una pared medianamente lisa y un suelo de cemento o de asfalto. Si era de tres paredes mejor y si una estaba a la izquierda se convertía de inmediato en nuestro frontón. De lujo, fuera atrio de la iglesia o escuela. El reglamento era el que nos poníamos los jugadores, al modo que hacían los mayores, pero sin “chapa”, “ancho”, “falta” ni “pasa”. Bastante teníamos con darle con la mano a la pelota, muerta de críos  y más viva conforme crecíamos. Alguna vez, no teniendo otra cosa, llegamos a jugar con duras pelotas de pala e incluso a pelo con bolobetas.

Sabíamos gritar eso de ¡vooooy! y ¡aire-aire!, como los mayores, pero teníamos dos gritos de dolor propios: cuando no encajabas la pelota en la palma de la mano y la golpeabas con las yemas de los dedos o el pulpejo y veías las estrellas, el grito doliente era un sorprendido “¡otz!”; pero si metías la zurda contra la pared el berrido era un repetido “¡uy-uy-uy ama, uy-uy-uy ama!” y la mano averiada iba inmediatamente al sobaco derecho, cuyas propiedades sanadoras desconozco.

(Publicado en el blog lovelybaztan.com el 8 de noviembre de 2014)

El misterio de la tarta


Cae un frío aguanieve que presagia problemas en Belate. La tarde es casi noche cerrada cuando me refugio en Malkorra, huyendo del agua y con ánimo de calentar mi cuerpo, siquiera con un café. Tengo tiempo hasta recoger a los míos, que están en otros menesteres, y alargo mi espera con pequeños sorbos a mi escueta consumición con leche. No pasa desapercibido el hecho a quien me atiende y me ofrece algo de comer. Soy goloso y además una de las mesas ha quedado libre, próxima a las cristaleras.

Pero si lo dicho es cierto, a Malkorra he venido con otro designio: comido por la curiosidad, casi como un espía dispuesto a comprar voluntades. Tengo que comprobar si hacen en su obrador una magnífica tarta toda recubierta de almendra fileteada y tostada. Un manjar. La comí varias veces, porque era el presente que traía un amigo elizondarra al txoko y nunca pudimos arrancarle de dónde la sacaba. A lo sumo decía con misteriosa voz que se la hacían a él, pero no a los forasteros. Un día, forrado de copas, le oí pronunciar malkorra y todo fue atar cabos. Estaba yo en el sitio que sospechaba y, al tiempo que pagaba el café y el jesuita que devoré, me hice entender qué buscaba y la mujer me dijo que sí, que hacen la tarta los domingos y no les dura nada porque enseguida se la llevan. Debí poner cara de frustración, porque me entregó una tarjeta y me dijo que, siendo de confianza, si la encargaba me la reservarían. La he vuelto a comer varias veces, pero no recuerdo cómo la llaman. ¡Mala cabeza la mía!


(Publicado en el blog lovelybaztan.com el 13 de noviembre de 2014)

domingo, 9 de noviembre de 2014

Dos miradas


Soy goloso y a mí me gusta la comida de obrador, es decir, bollos, pasteles y tartas. Tampoco hago ascos al chocolate a la taza, en forma de trufas o bombones, con naranja confitada o bien placas de urrekin egiña, como hacen en Elizondo, que lleva unas avellanas de aquí te espero. Ahora sí, éste tiene que ser beltza, porque esneduna no va conmigo y menos aún zuria . Aprecio también el bizcocho, pero un mil hojas bien hecho, en su punto, no tiene parangón, sea dulce o salado.

La crema inglesa, ¡ummm!, y no digamos la pastelera entre hojaldres ¿Y la trufa con o sin la pizca de café?  Los mazapanes tienen que ser muy finos, porque a la pastelería levantina o del sur le tengo prevención. Es mora, demasiado dulce y resulta basta y muy pesada para mí. Como el turrón. Es en todo el norte donde en general se hace buena pastelería, fina, desde Asturias hasta aquí.

Es un vicio que me viene de familia. En la calle de las Sierpes, en Sevilla, hay una pastelería que se llama Ochoa, como se apellidaban sus propietarios. Allí recalamos una tarde de verano mi tío y yo. Llegábamos de Córdoba y sin comer. Nos quedamos mirando el mostrador y sin mediar palabra entramos y nos embutimos a cada cuatro pasteles de tamaño natural y otro a medias, con té frío. Creo que el té nos salvó, porque hubiéramos reventado. Es muy común en mi familia, si los pasteles son grandes, el cortarlos por la mitad para que todos los comensales prueben de todos. Después de la pastelada nos fuimos a dormirla al patio del hotel y cenamos a las mil.


Ahora mi tío está kudido —le dicen sus amigos leizarras—, con la glucemia por las nubes y la insulina en el bolsillo. Miramos juntos los pasteles y él, con el índice de la mano derecha me señala y dice: «ese tiene que estar de muerte, ya me dirás». Y yo voy, lo como, y le digo, por caridad.

jueves, 6 de noviembre de 2014

La dama de los guantes de nitrilo


Me hubiera gustado ofrecerle tantas veces un cálido abrazo, para que en él se refugiara y llorase sus pesares. Me hubiera bastado a mí sentir su silenciosa conmoción. Y, luego, su paz. Porque al desahogo del llanto sigue la paz y la petición de un perdón avergonzado a quien se lo enjugó. Pero no hubiera sido prudente, no. También ella lo sabe.

Y esa calidez se la he querido dar yo con mi mala caligrafía y mi añosa voz, aunque ella siempre me ha escrito más, embarullada a veces con desesperada coherencia, rehuyendo afrontar dolores dados por insufribles ¿O es una incoherencia que producen las dudas y los miedos?

Una permanente defensa la suya que no arguye sentires, sino genealogía diplomática, que deja entrever las junturas de su ya herrumbrosa coraza, allí donde el puñal hace carne mientras ella, herida, escupe con vivísimo grito lágrimas y sangre, sobre todo lágrimas de infelicidad. Entonces hay que dejarle que desbarre hasta que se agote, hasta que no tenga más que escupir, pero tendiéndole la mano antes de que, rota la lanza, vuelva grupas y se aleje, perdidas las bridas de su montura, de regreso al país del desamor.


domingo, 2 de noviembre de 2014

Cargando el venado


El relato que sigue es apócrifo y lo he recibido de un compañero que lo fue durante malos tiempos pasados. Por eso devino amigo. Largos tiempos de ferocidad del capital, a cuyo libre arbitrio éste dispuso de una estructura de mando miedosa, pelotillera y vengativa. Tiempos durante los que se hicieron “cuartos” con nuestro trabajo para que otros medraran. Un trabajo sólo apreciado en bolo a la hora de los dividendos, siempre menores de los codiciados.

Dice literalmente así:

CARGANDO EL VENADO

  Estaba un hombre a la orilla del camino sentado en una piedra, bajo la sombra de un frondoso árbol... Se le miraba triste, meditando cabizbajo; casi, casi a punto de soltar el llanto. Así lo encontró su compadre y amigo de toda la vida, quien al verlo en tales fachas, le preguntó cual era el motivo, para que él se encontrara en situación tan deprimente.

 —Compadre, la desconsiderada de tu comadre!... Ella es la  culpable de mi situación ¡Tu comadre!... Ya no puedo más… Hasta deseos de matarla siento... ya no puedo más.

  —No digas eso compadre, mejor dígame, por qué la quiere matar, a lo mejor le puedo ayudar a encontrar una mejor solución al problema. El compadre, después de respirar profundo y conseguir la calma, empezó su relato…

 
 —Mira compadre, tú sabes que somos muy pobres y en mi  humilde rancho la única forma de acompañar los frijoles es con un pedazo de carne que consigo en el monte cuando salgo de cacería. Me voy con mi escopeta, paso varios días de penalidades, arriesgándome con los peligros del monte, esquivando  víboras y tigres [sic], soportar la terrible comezón que me producen las garrapatas, los piquetes de moscos. Aguantar cómo se me mete hasta los huesos el frío de las  noches. Luego, por fin, si la suerte me socorre y logro cazar un  venado, y,  todavía tengo que cargarlo en mis espaldas todo el largo camino de regreso al rancho y subir la cuesta de la loma hasta llegar  a mi casa. Todavía no termino de llegar cuando aparece mi señora  con el cuchillo en la mano e inmediatamente empieza a repartir el venado entre los vecinos y sus familiares. Que una pierna pa' doña Juana. Que otra pa' doña Cleo. Que este lomito pa' mi mamá, que esto pa'llá. Que las costillitas  para mi hermana y menudos para el chabal [sic], y a los dos o tres días, de nuevo sin nada que comer. Y ahí  voy de tonto otra vez de cacería. ¡Pero ya me cansé y esta noche mínimo termino con todo, con ella y hasta yo mismo me desaparezco!!!!

 El compadre de aquél pobre desdichado, después de meditar un momento, le dio la solución:

 —Invita a tu mujer a cargar el venado.

 —¿¡Qué!?

 —Sí, llévate a la comadre de cacería, No más no le digas  las penurias que pasas para llevar el venado a tu casa. Mejor  píntasela bonito. No le hables de caminos empedrados, ni de los bichos, ni los peligros, ni del frío ni el calor. Dile que la invitas a la cacería para que los dos disfruten juntos de los bellos paisajes, del esplendor de las estrellas que te cobijan en la noche, De los manantiales cristalinos que reflejarían  románticamente sus imágenes. De la graciosa manera en que camina el venado, como si  fuera un bailarín de ballet. Del dulce canto de los grillos y los pajarillos silvestres, en fin, píntale bonita la cosa.

 El compadre siguió el consejo. Por supuesto la convenció.

 La mujer, entusiasmada, se fue con la falda larga hasta el  tobillo, poco a poco se le desagarraba con las púas en el camino y al cruzar el primer "aguamal" [¿?] se redujo a minifalda porque la prenda  quedó desgarrada. La blusa  se le fastidió, los zapatos se le rompieron  por las piedras y las espinas la hicieron sangrar. Se le pegaron por todo el cuerpo garrapatas y bichos. El fuerte sol le quemó la piel. El pelo se le maltrató: le quedó tieso como estropajo. Las manos llenas de ampollas y llagas que se le hicieron al abrirse paso entre el espeso monte. Toda vuelta  un rollo y sin aliento, estuvo a punto de sufrir un infarto al toparse con una enorme víbora. Por fin, después de tantos martirios, encontraron al venado. El hombre  sigiloso se acercó a su presa, y localizó el blanco justo para liquidar al escurridizo animal. ¡Bang! Y el venado cayó muerto. La mujer no cabía de júbilo pensando que su sufrimiento había terminado, pero no era así.

  —Ahora, mi amor, quiero que cargues el venado para que veas lo  bonito que se siente  —le dijo el hombre masticando con una expresión rabiosa en cada una de sus palabras.

 La mujer casi se desmaya ante la mirada asesina de su marido, pero ante la desesperación por regresar a su casa no tuvo aliento ni para replicar, cargó el venado en su espalda hasta su casa. Vuelta  un barullo, casi muerta con las piernas temblando, jadeando y a  punto de reventarle el corazón, llegó y tiró el animal en la sala de su casa. Sus pequeños hijos y sus vecinos, salieron a recibir a la pareja de  cazadores y acostumbrados a la repartición, gritaron los niños a su  mamá con alegría:

 —Mamá, mamá!! Vamos a repartir el venado, la mamá de Huguito está esperando por una pierna del venado!!!.

 —¿Mami qué pedazo le llevo a mi tía?, le dijo otro.

 La mujer tirada en el piso, hizo un esfuerzo sobrehumano para  levantar la cabeza y con los ojos inyectados de sangre volteó a ver a los niños y agarrando aire hasta por las orejas, les gritó:

  —¡¡¡¡Este venado no me lo toca NADIEEEE !!! y tú Huguito, ve y dile a tu mamá que si quiere comer venao que vaya... ella a cazar venao  ¡¡¡¡El que toque este Venado lo Mato!!!!!!!!!!!

  Y aquí se viene la "reflexión" :

 Para valorar el esfuerzo ajeno y respetar la real dimensión del trabajo de los demás, todos debemos aprender a "cargar el venado". […]

 Muchos tienen riquezas, empresas y comodidades porque durante años cargaron muuuuchos venados para llegar a donde están ahora… Y muchos otros como la comadre del cuento siempre esperan cual hienas a que llegue el vecino, el amigo, el conocido o el desconocido con el venado a cuesta para caerle y desgarrarlo, sin importar el esfuerzo que les ha costado conseguirlo.

 La experiencia adquirida con el paso de los años nos ha enseñado:

 1.     Que solo se valora aquello que se ha adquirido como resultado de nuestro arduo trabajo,


2.     Que solo cuidamos aquello que nos ha costado esfuerzo, sudor y sacrificio.



Y este cuento se ha acabado.

domingo, 26 de octubre de 2014

Unos ojos imposibles


Muero por unos ojos de mujer, quizá de alma fría, cuyo color me extasía. Apenas mirarlos puedo porque, cual ratoncillo ante la cobra, sólo espero una muerte por embelesamiento.


«…entre las pestañas volteaban inquietas unas pupilas que yo había visto..., sí, porque los ojos de aquella mujer eran los ojos que yo tenía clavados en la mente, unos ojos de un color imposible... »
 (Bécquer, Los ojos verdes. Leyenda.)