jueves, 27 de noviembre de 2014

Las hojas que mi sauce ha llorado


Mi sauce no es mío, sino del común, pero hace años que lo prohijé. Es enorme, nunca lo han podado y sus hojas llegan hasta el suelo. Lo hice mío porque tiene un punto de gran melancolía, como la que entonces me aquejó. Gran melancolía y soledad que —dicen—  llevan hasta la tristeza y el abatimiento. Es una enormidad vegetal desparramada por el suelo.  A cuatro pasos de él está la Fuente del Hierro, donde las pálidas cloróticas de la ciudad acudían a beber su prescripción hace un par de siglos.

Pena y tristeza. Cantaban los israelitas en su destierro: «Junto a los ríos de Babilonia,/ nos sentábamos a llorar,/ abandonados de Sión./ En los sauces de las orillas/ teníamos colgadas nuestras cítaras./ Allí nuestros carceleros/ nos pedían cantar,/  y nuestros opresores, alegría:/ “¡Canten para nosotros un canto de Sión!”/¿Cómo podríamos cantar un canto del Señor/ en tierra extranjera? ». (Ps. 137)



Los sauces al borde del agua han sido símbolo tradicional de mujeres abandonadas por sus amantes. También del luto amoroso, como en Otelo de W. Shakespeare, cuando el personaje canta dolorido al sauce: «The poor soul sat sighing/ by a sycamore tree;/ sing willow, willow, willow;/ with this hand in his bossom/ and his head upon his knee./ Oh, willow, willow, willow,/ shall be my garland./ Sing all a Green willow,/ ay me, the Green willow/ must be my garland.» (El pobre desdichado/ se sentó a lamentarse/ bajo un árbol cercano./ Cántame, sauce, sauce./ En el pecho una mano/ y la otra en la cara./ Oh sauce, sauce, sauce./ Sauce, sé mi guirnalda./ Cantad al verde sauce./ Ay de mí, el verde sauce/ debe ser mi guirnalda.)

Lindísimo es el chamamé correntino del argentino Rodolfo Regúnaga, cuando el cantor explica al sauce la causa de su desamor: «Bajé hasta la costanera y vi que un sauce lloraba. Para saber qué tenía pregunté qué le pasaba. Me dijo que a él le extrañaba no verla más de mi mano caminar junto a la orilla mojando sus pies descalzos. También dijo que extrañaba los besos que ella me daba, sentados bajo su fronda en las noches estrelladas. No llores sauce si ella no viene, se fue a un lugar desde donde dicen que no se vuelve. No llores sauce, no fue tu culpa, tampoco mía, sólo el destino tuvo que ver.» (http://youtu.be/zhDZXpQB2eY)


Mi sauce ha llorado hasta quedar hecho un no sé qué desnudo, triste y lánguido. Le digo adiós hasta la primavera, mientras ve a su vera pasar jóvenes pasiones, pensamientos y desolaciones de los chicos que a sus facultades van con pie apresurado, salvando el desapacible viento  que a los rostros castiga.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Un quijote en Atxuria

Carga carlista.
Óleo de Ferrer Dalmau
Los vaivenes políticos de la I República condujeron a España al borde del abismo. El golpe de Pavía (3 de enero de 1874) y la “saguntada” de Arsenio Martínez Campos (29 de diciembre de 1874) trataron precisamente de poner orden entre los liberales y restaurar la monarquía en la persona de Alfonso XII de Borbón, a fin de impedir el triunfo más que probable del carlismo, dado el desprestigio del liberalismo.

El siguiente paso sería liquidar la cuestión carlista, que mantenía frentes abiertos en Cataluña y Navarra, a cuyo efecto destacó el Gobierno fuertes contingentes de tropas, además de ampararse en el espionaje y en el fomento de la traición. Apaciguado en apariencia el resto de España, sólo quedaban las Provincias Vascongadas y Navarra, donde se hallaba establecido un auténtico Estado carlista. Siendo ministro de la Guerra, Martínez Campos formó dos expediciones militares, una —llamada de la izquierda que se abatiría sobre Álava y Vizcaya— comandada por el general Quesada, estaría dotada de 3 cuerpos de ejército, que sumarían unos 100.000 hombres y 116 piezas de artillería. La otra —de la derecha— a las órdenes del propio Martínez Campos, con 50.000 hombres y 50 piezas de artillería, caería sobre Navarra y Guipúzcoa. Pero vamos al hecho que quiero relatar.

Posiciones respectivas: rojos, carlistas;
azules, liberales
Era comandante general de Navarra el carlista José Pérula y de la Parra —de quien se decía que era un escribano valeroso, pero también fanfarrón y sin intuición ni conocimiento de la guerra—  quien se encontraba situado en Bera, al frente de 10 batallones, dos escuadrones de caballería y 14 piezas de artillería de montaña. Estando allí, dejó que le colara Martínez Campos 24 batallones  en el Valle de Baztan e “inexplicablemente” no fue capaz de coparles la retirada en Oronoz para después aniquilarlos, porque en las alturas, al fondo del valle, había una línea carlista formada por los batallones 2º y 7º de Navarra mas el 7º de Castilla y la batería de Llorens. En el alto de Mendibil todavía hay restos hoy de un fuerte carlista, que defendía Zugarramurdi y el collado de Ibainieta, cruce de caminos entre el propio Mendibil y el monte Atxuria (Peña Plata), junto a la muga 57, en término baztanés de Etxartea, pero más cerca de Sara y Zugarramurdi.

http://xabier-berriozar.blogspot.com.es/2013/03/atxuria-o-pena-plata.html

Así las cosas, el 19 de febrero de 1876 se desencadenó una gran ofensiva. El general  Ramón Blanco metió a sus tropas hasta la frontera de Irumugueta —Tres Mugas, donde coinciden las de Zugarramurdi, Sara y Etxalar—y ocupó también la cumbre del Zentinela. Desde dicho punto pretendía cerrar los pasos de montaña y rendir a los carlistas que los defendían para avanzar luego siguiendo el cauce del Bidasoa hasta Irún.

El general Ramón Blanco
y Erenas
Las tropas carlistas estaban comandadas por el brigadier Mariano Larumbe Arrarás,  —bravo lecumberritarra, casado con Josefa Goyeneche y Anchorena, de Azpilicueta, en Baztan, a quien se le ha denominado el Quijote navarro— que se batía con denuedo hasta llegar al punto de quedarse sin munición. Destacó repetidos enlaces a Pérula, quien sospechosamente no se la mandó, aduciendo diferencias de calibre. Llegó un momento en el que los atacados se vieron obligados a calar las bayonetas. Tres asaltos rechazaron del batallón de cazadores de Cataluña y al cuarto —desaconsejado por el propio Martínez Campos— éstos se hicieron con las posiciones carlistas. Los tenientes coroneles Elío y Angosto perdieron la vida. Larumbe, herido de gravedad, sería hospitalizado en Sara. Más de 10.000 hombres se refugiaron en Francia antes de ser hechos prisioneros por los liberales.

El Quijote navarro
Rota la línea de defensa, los liberales ocuparían Bera y seguidamente caería todo el frente norte. Pocos días después saldría don Carlos VII de España (28 de febrero de 1876), por la frontera de Valcarlos al grito de ¡Volveré!

Al mérito alfonsino con pasador
"Peña Plata"
La acción de Peña Plata debió ser enconada. Hubo con- decoraciones alfonsinas  Al valor, la disciplina y la lealtad, en oro y metal blanco con pasador “Peña Plata” (Atxuria) para todos. A Blanco le otorgaron el marquesado de Peña Plata y la Capitanía General de Navarra. A Martínez Campos lo ascendieron a capitán general y luego lo hicieron, en la persona de su hijo, marqués de Baztán. Pérula quedó como un traidor y Larumbe volvió a administrar los bienes de los Azpilicueta en Xavier.

La liquidación de la cuestión carlista supuso en el norte de España que, irónicamente, los amigos de la libertad dieran buena cuenta de las libertades forales. Aunque no tuvieron más remedio que tolerar la Ley Paccionada de Navarra, suprimieron el 21 de julio de 1876  los fueros de la Provincias Vascongadas, dándo origen al sistema de conciertos económicos con éstas últimas a partir de 1878.

viernes, 14 de noviembre de 2014

Se requiere chusma


Los galeotes.
Carnaval de Cádiz, 2001
Desarbolada la nave del momio y a merced de las olas, que se cuelan por las vías de agua, los reclutadores en tierra dan voces requiriendo nuevos remeros para que lleven la nave a tierra. A tierra para encallarla y siquiera salvar los pertrechos, porque nadie ha habido, ni en el gobernalle ni en las velas, que supiera llevarla a buen puerto. El señuelo es patriótico y te muestran el torrotito que aún se tiene, antes de que lleguen los otros. Pero si levantas la vista al puente aprecias que hay un mogollón de mudos pasajeros, que se dan puñadas para agarrarse donde fuere.

El pueblo ya no es remero porque se ha reconocido galeote, atado al banco y al remo, maltratado a latigazos, a pan y agua y callado hasta reventar. Se ha reconocido vil chusma entre quienes se beneficiaban de su esfuerzo. Mal momento para reclutar y, además, con exigencias de limpieza de sangre por parte de quien no la tuvo que demostrar. En confianza, te dicen: mira, tu te apuntas y serás bienvenido. Luego serás interrogado por un cualquiera y palpado hasta tus rincones más íntimos, a fin de evaluar si tienes unas grandes bolas que garanticen tu efectividad con el remo; habrás luego de demostrar de dónde vienes y a dónde vas y si conoces lo que te traes entre manos y, sobre todo, jurar —o prometer, pienso— que serás obediente y bueno. Pero no se te encoja el ombligo, que todo lo haremos nosotros mismos, que sabes que tenemos experiencia acreditada.


Pero sospechas que en la oficina de reclutamiento esconden algo, porque nadie habla de los pasajeros que has visto, y cuando ingenuamente preguntas cuál es la retribución del remero te responden que el mero hecho de serlo y el honor de servir al rey.

¡Uy-uy-uy-ama!


A pelota se ha jugado siempre, bueno, hasta hace poco. Desde muy niños. Bastaba una pared medianamente lisa y un suelo de cemento o de asfalto. Si era de tres paredes mejor y si una estaba a la izquierda se convertía de inmediato en nuestro frontón. De lujo, fuera atrio de la iglesia o escuela. El reglamento era el que nos poníamos los jugadores, al modo que hacían los mayores, pero sin “chapa”, “ancho”, “falta” ni “pasa”. Bastante teníamos con darle con la mano a la pelota, muerta de críos  y más viva conforme crecíamos. Alguna vez, no teniendo otra cosa, llegamos a jugar con duras pelotas de pala e incluso a pelo con bolobetas.

Sabíamos gritar eso de ¡vooooy! y ¡aire-aire!, como los mayores, pero teníamos dos gritos de dolor propios: cuando no encajabas la pelota en la palma de la mano y la golpeabas con las yemas de los dedos o el pulpejo y veías las estrellas, el grito doliente era un sorprendido “¡otz!”; pero si metías la zurda contra la pared el berrido era un repetido “¡uy-uy-uy ama, uy-uy-uy ama!” y la mano averiada iba inmediatamente al sobaco derecho, cuyas propiedades sanadoras desconozco.

(Publicado en el blog lovelybaztan.com el 8 de noviembre de 2014)

El misterio de la tarta


Cae un frío aguanieve que presagia problemas en Belate. La tarde es casi noche cerrada cuando me refugio en Malkorra, huyendo del agua y con ánimo de calentar mi cuerpo, siquiera con un café. Tengo tiempo hasta recoger a los míos, que están en otros menesteres, y alargo mi espera con pequeños sorbos a mi escueta consumición con leche. No pasa desapercibido el hecho a quien me atiende y me ofrece algo de comer. Soy goloso y además una de las mesas ha quedado libre, próxima a las cristaleras.

Pero si lo dicho es cierto, a Malkorra he venido con otro designio: comido por la curiosidad, casi como un espía dispuesto a comprar voluntades. Tengo que comprobar si hacen en su obrador una magnífica tarta toda recubierta de almendra fileteada y tostada. Un manjar. La comí varias veces, porque era el presente que traía un amigo elizondarra al txoko y nunca pudimos arrancarle de dónde la sacaba. A lo sumo decía con misteriosa voz que se la hacían a él, pero no a los forasteros. Un día, forrado de copas, le oí pronunciar malkorra y todo fue atar cabos. Estaba yo en el sitio que sospechaba y, al tiempo que pagaba el café y el jesuita que devoré, me hice entender qué buscaba y la mujer me dijo que sí, que hacen la tarta los domingos y no les dura nada porque enseguida se la llevan. Debí poner cara de frustración, porque me entregó una tarjeta y me dijo que, siendo de confianza, si la encargaba me la reservarían. La he vuelto a comer varias veces, pero no recuerdo cómo la llaman. ¡Mala cabeza la mía!


(Publicado en el blog lovelybaztan.com el 13 de noviembre de 2014)

domingo, 9 de noviembre de 2014

Dos miradas


Soy goloso y a mí me gusta la comida de obrador, es decir, bollos, pasteles y tartas. Tampoco hago ascos al chocolate a la taza, en forma de trufas o bombones, con naranja confitada o bien placas de urrekin egiña, como hacen en Elizondo, que lleva unas avellanas de aquí te espero. Ahora sí, éste tiene que ser beltza, porque esneduna no va conmigo y menos aún zuria . Aprecio también el bizcocho, pero un mil hojas bien hecho, en su punto, no tiene parangón, sea dulce o salado.

La crema inglesa, ¡ummm!, y no digamos la pastelera entre hojaldres ¿Y la trufa con o sin la pizca de café?  Los mazapanes tienen que ser muy finos, porque a la pastelería levantina o del sur le tengo prevención. Es mora, demasiado dulce y resulta basta y muy pesada para mí. Como el turrón. Es en todo el norte donde en general se hace buena pastelería, fina, desde Asturias hasta aquí.

Es un vicio que me viene de familia. En la calle de las Sierpes, en Sevilla, hay una pastelería que se llama Ochoa, como se apellidaban sus propietarios. Allí recalamos una tarde de verano mi tío y yo. Llegábamos de Córdoba y sin comer. Nos quedamos mirando el mostrador y sin mediar palabra entramos y nos embutimos a cada cuatro pasteles de tamaño natural y otro a medias, con té frío. Creo que el té nos salvó, porque hubiéramos reventado. Es muy común en mi familia, si los pasteles son grandes, el cortarlos por la mitad para que todos los comensales prueben de todos. Después de la pastelada nos fuimos a dormirla al patio del hotel y cenamos a las mil.


Ahora mi tío está kudido —le dicen sus amigos leizarras—, con la glucemia por las nubes y la insulina en el bolsillo. Miramos juntos los pasteles y él, con el índice de la mano derecha me señala y dice: «ese tiene que estar de muerte, ya me dirás». Y yo voy, lo como, y le digo, por caridad.