miércoles, 8 de junio de 2011

El corral como refugio

Ordenaba papelotes que amarillean y añosos apuntes sobre la Negritud y me he topado con la alegoría de El águila que no quería volar, del metodista ghanés James E. K. Aggrey (1875-1927). Le acompaña un retal de fotocopia, que pierde ya el toner, con una narración alternativa de la mano del entredicho jesuita Anthony de Melo (1931-1987). Autores y narraciones son divergentes y fueron escritas en muy distintas circunstancias, pero hoy ―como se verá― no resultan precisamente extemporáneas. Comienzo por el texto alternativo, que es el de Tony de Melo:

«Un hombre encontró un huevo de águila. Se lo llevó y lo colocó en el nido de una gallina de corral. El aguilucho fue incubado y creció con la nidada de pollos.
Durante toda su vida, el águila hizo lo mismo que hacían los pollos, pensando que era un pollo. Escarbaba la tierra en busca de gusanos e insectos, piando y cacareando. Incluso sacudía las alas y volaba unos metros por el aire, al igual que los pollos. Después de todo, ¿no es así como vuelan los pollos?
Pasaron los años y el águila se hizo vieja. Un día divisó por encima de ella, en el límpido cielo, una magnífica ave que flotaba por entre las corrientes de aire, moviendo apenas sus poderosas alas doradas.
La vieja águila miraba asombrada hacia arriba. “¿Qué es eso?”, preguntó a una gallina que estaba junto a ella. “Es el águila, el rey de las aves”, respondió la gallina. “Pero, no pienses en ello. Tú y yo somos diferentes de él”.
De manera que el águila no volvió a pensar en ello. Y murió creyendo que era una gallina de corral.»

James Emman Kwegyir Aggrey, apasionado por la educación del hombre africano, la narró solemnemente así:

«Un hombre, mientras caminaba por el bosque, encontró un aguilucho. Lo llevó a su casa y lo puso en su corral. Muy pronto el aguilucho aprendió a comer y a vivir como los pollos.
Un día pasó por allí un naturalista y, sorprendido, preguntó al propietario por qué razón un águila, el rey de todas las aves y pájaros, tenía que permanecer encerrada con los pollos. Y aunque el propietario insistía en que ya no era un águila porque aprendió a vivir y a comportarse como los pollos, él insistió: “Sin embargo, tiene corazón de águila y con toda seguridad se le puede enseñar a volar”. Y cogiéndola en sus brazos dijo al águila: “Tú perteneces al cielo, no a la tierra. Abre las alas y vuela”. Pero el águila, confusa, saltó y se reunió de nuevo con los pollos. Al día siguiente la llevó sobre el tejado de la casa y le volvió a repetir: “Eres un águila, abre las alas y vuela”. Pero el águila tenía miedo de su yo y del mundo desconocido y buscó de nuevo a los pollos.
Al tercer día, el naturalista se levantó temprano y, sacando el águila del corral, la llevó a una montaña. Una vez allí, alzó al rey de las aves y le animó diciéndole: “Eres un águila y perteneces tanto al cielo como a la tierra. Ahora, abre las alas y vuela”. El águila miró alrededor, hacia el corral y arriba hacia el cielo. Pero siguió sin volar. Entonces, el naturalista la levantó directamente hacia el sol; el águila empezó a temblar, a abrir lentamente las alas y, finalmente, con un grito triunfante voló alejándose en el cielo.»

Recuerda El patito feo, de Andersen, pero hubiera sido peor para la rapaz que las gallinas, además, se burlaran de ella.

lunes, 6 de junio de 2011

Retales

Vuelto de Polonia, dejé escrito un papel donde me explicaba que nunca he querido visitar un campo de prisioneros y menos aún de exterminio. No he deseado alimentarme el morbo. Pero sí he considerado detenidamente la anulación de la vida que en ellos se practicó, bien por exterminio (quizá la más leve) o por aplanamiento. Fue determinante la lectura de Victor Frankl.


En otro papel decía que me impresionó descubrir ―¡por primera vez en mi vida!—que la importancia del holocausto no depende tanto de su magnitud como de su significado en términos de vidas personales rotas, insustituibles por su carácter único, singular e irrepetible, en términos de trabajo creador y de capacidad truncada de amar.


Se ha dicho que la “solución final” pasó a ser holocausto cuando los judíos muertos recobraron sus nombres y apellidos. Es atroz.
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Cada vez hay más gente que viste pelo blanco reluciente. Ellas se atizan un buen botellazo para obtenerlo; algunos de los otros tiran también de botella, pero para ocultarlo y les queda una cosa como “felpudo ratonero”, en descriptiva expresión de Juan Manuel de Prada.


Si el pelo fuera importante, crecería para adentro, aforismo argentino. Quizá por eso, más que lucir oronda calva, hay quien prefiere rasurarse el cuero y que brille. El peluquín es cosa de falsarios.


De soltero tuvimos en casa un perro bóxer experto en detectar pelucas. Era un don natural, porque no fue adiestrado. Descubrimos su habilidad cuando, un día, apareció por casa una cuñada de mi madre luciendo melena rubia cuando ella, en realidad, era morena y de pelo corto y lacio. El perro se puso como loco y, desde entonces, pudimos conocer a la gente que vestía postizos.
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¿Cuál es nuestra idea de lo que hoy es importante? ¿Es lo que en otro tiempo fue del mismo grado de importancia?
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Celebrar la vida y poner en común algo de lo que nos es común, a fin de superar el cansancio en las almas, el agotamiento físico y la resignación. Buscar una regeneración.
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De los fracasos no siempre surgen consecuencias positivas. Hay que extraerlas y trabajarlas. El riesgo es dejarnos llevar por el desaliento o un cálculo negativo en vez de por una ilusión sugerente para nuestro actuar.
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Ya está definido el mal que aqueja a nuestra época. Al diagnóstico le sigue la negación del mal, cuando debería seguir una terapia. Estamos en probatinas mientras se agudizan los síntomas de un mal que nos desfallece, a nosotros, que antes éramos sociedad.
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Cuando el fraile habla atinado se le cierra un párpado, como si con el otro ojo estuviera poniendo los puntos a las perdices. No yerra el tiro, cobra la pieza, ¡ya lo creo!, y no hace cuestión de ello.

jueves, 2 de junio de 2011

Ambiciones

Estropeaba los últimos años de su vida activa porque, no habiendo sido ambicioso materialmente hablando, estaba especialmente preocupado por su insolvencia de futuro. Se crispaba, somatizaba su estrés y se deprimía al echar unas cuentas que no le salían. Y, sin embargo, ha sido un privilegiado de la fortuna, que no sólo no ha carecido de cuanto necesitaba, sino que incluso hoy tiene bienes y talento de cuya administración se le ha de pedir cuenta y razón. Bien lo sabe.

 
Estaba a punto de convertirse en un has been, pero se trataba de un hito más de una carrera que tendrá otros. No ha muerto para la historia, la suya particular, con hache minúscula, como la de todos; esas que sumadas hacen la Historia que transcurre, aunque no se cuente. La intrahistoria: hechos menudos que sustentan y conforman los grandes.

viernes, 27 de mayo de 2011

La era del hombre

Llevo horas intentando poner en orden mis ideas sobre el cambio climático. Estoy engolfado entre informaciones de variada índole y origen acerca de las emisiones de dióxido de carbono en la atmósfera y los llamados mercados del carbono, muy volátiles y especulativos, por cierto. Arduo es el trabajo en el que estoy. Tengo la seguridad de que lo que alcance a saber hoy del comportamiento de esos mercados mundiales quizá no valga mañana.


Así las cosas, me topo por accidente con la recensión de un artículo que publica The Economist (http://www.economist.com/node/18744401), dándonos a los lectores la bienvenida al Antropoceno. Confieso que ignoraba que así se había denominado por Paul J. Crutzen (2000) a la «era del hombre», que ya estamos viviendo en el planeta Tierra. Según el articulista, se trata de uno de esos momentos geológicos ―valga la expresión― en los que el progreso científico puede hacer cambiar radicalmente la visión que tenemos de las cosas mucho más allá de la ciencia, haciéndonos repensar la relación del hombre y la Tierra para actuar en consecuencia. Suena bien, porque no siempre se ha tenido en cuenta que el nuestro es un ecosistema al que los hombres estamos íntimamente ligados y en el que desempeñamos un papel definitivo. La cuestión es que ese papel sólo se hace derivar del hecho que, con los medios de que disponemos, los humanos nos hemos convertido en una fuerza de la Naturaleza: estamos modificando el planeta a una escala geológica, pero mucho más rápidamente que lo que realmente tarda un tiempo geológico. El desafío del Antropoceno es ―se afirma― emplear la creatividad y el ingenio humano para reestablecer las cosas de modo y manera que el planeta «pueda cumplir sus tareas en el siglo XXI». No se identifican cuáles puedan ser éstas. El autor no se moja.

Unos, la mayoría, hablan suavemente de la sostenibilidad del crecimiento económico. Otros prefieren referirse con rudeza al «capitalismo global como agente geomorfológico». Se trataría de repensar no tanto qué estamos haciendo, sino por qué y para qué. Administramos un patrimonio que no es nuestro, mientras lo expoliamos procurando no repartir. Además.

sábado, 21 de mayo de 2011

Premoniciones

Ahora que parece que algo se mueve en España, hace unos días cayó de entre mis papeles una nota tomada en 2002. Tenía entonces entre manos la edición francesa de la novela de Jean Raspail Le camp des saints, más tarde traducida al español. Su lectura me sobrecogió y más áun años después, cuando se pudo comprobar que su argumento no era de ficción, sino de anticipación de unos sucesos que sucederían tal y como el autor intuyó: unos miserables a bordo de un barco errante al que todos los puertos negaron asilo…

A lo que iba. La nota recogía la siguiente consideración del autor, que traduzco: «Es raro que los movimientos de masas espontáneos no sean, de hecho, más o menos manipulados. Inmediatamente nos imaginamos un director de orquesta omnipotente, gran manipulador en jefe, estirando de miles de hilos en todos los países del mundo y secundado por solistas notables. Nada nos parecería más falso. En este mundo atenazado por el desorden moral, algunos de entre los más inteligentes, generosos o perniciosos, se agitan espontáneamente. Es su manera propia de combatir la duda y escapar de una condición humana cuyo secular equilibrio rechazan. Ignorando lo que nos depara el porvenir, se implican en una loca carrera que es una huida hacia adelante en su propio camino […] Cada cual tira de sus propios hilos, atados a los lóbulos de sus cerebros y es precisamente ahí donde reside el misterio contemporáneo: todos los hilos se unen y proceden, sin concierto, de la misma corriente de pensamiento. El mundo parece sometido no a un director de orquesta identificado, sino a una nueva bestia apocalíptica, una especie de monstruo anónimo dotado de ubicuidad, que desde un principio se habría jurado la destrucción de Occidente. La bestia no tiene un plan concreto. Aprovecha las ocasiones que se le ofrecen […] ¿Es de origen divino o más probablemente demoníaco? Este inverosímil fenómeno, nacido hace más de dos siglos, fue analizado por Dostoievski […] Nada detiene a la bestia. Lo sabe todo el mundo. Esto engendra el triunfalismo del pensamiento entre los iniciados, mientras que los que todavía luchan consigo mismos se persuaden de la inutilidad del combate. […] » (Robert Laffont, Paris, 1996, pp. 55-56)

De este barro solo parecen escapar los ingenuos, que no se enteran, y los más avisados, que no son precisamente los triunfalistas iniciados, sino los prudentes, discretos y más sagaces, que distiguen el trigo de la paja y actúan en conciencia.

Así cree que le va, pero no hay tal

No supo sujetar su magín y detener su agotador revoloteo. Tampoco sobreponerse a la perentoriedad del día a día, de modo que no pudo expresar su vida interior como literatura, salvo por algún raro casual y casi siempre para su coleto.

Y aunque sepa expresar sus sentimientos, tampoco es una persona muy dada a hablar: escucha, observa, rumia y, si las tiene, guarda sus palabras para él o, a lo sumo, para su derredor, aunque haya quien discrepe. Sólo muy de vez en cuando tiene la oportunidad de romper su silencio para fuera; entonces nota que causa estupor, porque dice de lo suyo, de sus experiencias e intuiciones, de lo que ha podido trabajar consigo mismo, casi siempre contra corriente.

No trata de enseñar a los demás, sino de aprender. Sabe que el protagonista de la educación no es el maestro, sino el alumno, por eso aprende de todo aquél que tenga algo que enseñar, tanto bueno como malo. Luego actúa en conciencia y, sin reparar en ello, siembra.

jueves, 19 de mayo de 2011

La antes llamada creatividad


Hablamos de innovación y, en España, donde existe tanta universidad, hay un déficit atufante de creatividad y de pensamiento. Por otro lado, desde las instancias públicas se cercena ―a veces inadvertidamente― el discurso de ideas soportadas en proyectos de escaso coste económico y que, por eso mismo, no parece que merezcan la pena. De igual forma, hay ideas que “están” ahí, revoloteando, que no pueden ser expresadas por causa de la falta de instrumentos de comunicación, v. gr.: modos diferentes de hacer las cosas. En fin, estólidos ganapanes también prefieren su comodidad y no escuchan. Seguiremos hablando de innovación, de I + D + i, que es más cool.

lunes, 2 de mayo de 2011

Vivir la vida


Duro se me hace salir del regazo donde moré semana y media, de Pascua y antes de Pasión. Estuve en la Gloria. Vuelto hoy al tajo, ya me gruñen y amagan... En fin, "la vida -decía un personaje de novela de Salisachs- es el don más maravilloso que tenemos. No lo niego. Sobre todo porque nos permite ser eternos".

jueves, 10 de febrero de 2011

El fin de una época



El sentir ciudadano, aun sin meterse en honduras, apunta la necesidad de acometer reformas en los ámbitos financiero, laboral, judicial también… No es que no sean necesarias, que lo son, pero la cuestión va más allá de esa evidente incapacidad institucional para afrontar la situación en la que chapoteamos, cuya sintomatología externa está suficientemente descrita en términos tanto económicos como de indigencia política y social. Intuimos que algo tiene que ver la geopolítica, pero, apegados al suelo que tenemos bajo los pies, no somos plenamente conscientes de que estamos ante un cambio histórico, cual es el fin del moderno modelo industrial, y el anticipo del fin de nuestra civilización. Tan crudo como suena. Si acaso, sentimos la sensación vertiginosa y hasta lúdica de encontrarnos en el indescriptible frenesí estético de la postmodernidad.

Fin del modelo industrial, sobre el que se solapan mimbres de la nueva era digital que hay que tejer, careciendo de modelo de referencia y desbordados los corsés ideológicos por la mera ocurrencia de aconteceres que los contradicen. Las urnas vienen progresivamente acabando con la socialdemocracia y el Nuevo Laborismo, incapaces de dar respuesta a los problemas más acuciantes del momento: inmigración, radicalismo islamista, crisis económica, fragilidad (insostenibilidad, injusticia) del Estado de Bienestar… Este bienestar ya no es socialista en Suecia, ni tampoco democristiano en los Países Bajos; quiero decir patrimonio de las viejas izquierda y derecha. Los nuevos gobernantes de Europa abogan por un serio adelgazamiento del Estado, mientras desde la Unión se propicia una subsidiariedad siquiera a medias ―¡no desciende hasta la persona!―, como si este principio fuese el gran descubrimiento de burócratas postmodernos. El arquetipo europeo de gobernanza ha tenido su base en el consenso sobre una doble idea: primera, que la sociedad ―a través del Estado― tiene una responsabilidad hacia sus ciudadanos en términos de bienestar social y crecimiento económico; segunda, que el bienestar de cada cual depende del bienestar del vecino. (Cabe preguntarse, desde luego, hasta dónde debe alcanzar ese vecindario para asegurar la viabilidad del modelo).

A estas alturas de la historia cruje el Estado, porque no garantiza el bienestar, y se echa en falta a la sociedad civil. Y, sin embargo, apenas se habla de la persona humana y de las sociedades que engendra, incluida la civil. Se tiene presente al ciudadano como individuo consumidor, sujeto pasivo de la fiscalidad y elector, cuya voluntad se suplanta a favor no del bien común, sino del particular. Incluso se le hace titular de “nuevos derechos” sin contrapartida de deberes.

A estas alturas de la historia ―digo― padecemos un nuevo despotismo de tinte totalitario, intervencionista e interferidor en la vida personal y familiar de los ciudadanos. Apáticos, nos hemos acostumbrado a recibir la sopa boba en forma de prestaciones de discutible oportunidad y calidad para atender las cuales previamente nos exaccionan crecientes contribuciones e impuestos. Inermes nosotros, deciden sin nosotros qué es lo que les conviene en su corto plazo, sin tener claro nuestro para qué. Eso sí, sabiendo que “el mayor narcótico de la sociedad civil es la subvención” (Manuel Pizarro).

En fin, confío en las gentes, porque “en un jardín crecen más cosas que las que siembra el jardinero”. Es sabiduría proverbial. Además, a pesar del mal todo resulta para bien. También es constante histórica.

miércoles, 9 de febrero de 2011

¡Un proyecto!


Acabo de escribirle a una amiga que ya Herodoto advertía que los dioses truncan todo aquello que destaca: por eso caen abatidos por los rayos los árboles más altos y los animales de mayor tamaño, salvándose los pequeños. Pero el caso es que veintiseis siglos después y a pesar de tantos dioses ocurridos, sigue habiendo quien destaque aun entre los pequeños. No me refiero a los superdotados, que constituyen un impepinable tanto por mil de la población, sino a los talentosos. Son esos que han podido capitalizar en su persona los saberes de su tiempo y podrían movilizarlos según los haceres de su conciencia. Ni esperan el maná del cielo, ni son --diría Gómez Ávila-- reformadores empeñados en decorar los camarotes de un barco que naufraga. Disponen de recursos. ¡Sólo necesitan un proyecto auténtico que les encandile y la voluntad de liderarlo!

viernes, 28 de enero de 2011

Peinarse con toalla

Me pronosticó con mal ojo que me quedaría bajete, culibajo, gordo y calvo. Pues bien, no dió ni una... Cierto es que con la edad he venido adquiriendo sobrepeso. Pero conste que está todo pagado, que a nadie debo mariscadas ni paellas, que con cualquier cosa me conformo, pero tengo una rica (y sabrosa) experiencia. O sea, que aunque de buen conformar, no me la dan con (cualquier) queso.

Tengo talla y piernas proporcionadas y el culo firme y en su sitio. Como de pelotari. ("¡Qué ricoss culos los de los pelotaris de casa!", sorprendí diciendo con avidez a una vieja del pueblo). Pelo también, pero menos denso que antes, y blanco porque no me lo he querido pintar, como me aconsejara en confianza un amigo arcipreste. Porque aparte la estafa estética, tiene que ser una gaita elegir el tono y luego andar de aquí para allá con los botes de tinte y las brochas entretenido con maniobras inconfesables.

Un amigo posteaba ayer en relación con la fiabilidad de ciertos crecepelos y el alto rendimiento de otros procedimientos modernos. No pude menos que apostillarle con el dicho argentino: "Si el cabeyo fuera importante, cresería p'a dentro". Porque si recurres a eso tan radical como un transplante, he visto que te dejan el cráneo majado como una huerta de folículos. Para este viaje, mejor peinarse con toalla, como le dijo el Joe al barbero:

-¿Qué va a ser, señor?

-Pues mire, cejas y narices, que el cráneo me lo apaño yo con una toalla.

jueves, 27 de enero de 2011

Yes, we can

En los tiempos que corren, la dicotomía entre lo real y lo oficial, lo público y lo privado, con todas sus consecuencias paranoides, está probada y es manifiesta por doquier. Parece que las cosas que suceden y nos muerden las carnes, hasta sangrar, no toman carta de naturaleza hasta que alguien público las pronuncia. Esta vez le ha tocado a Barack Obama. Estaba cantado que tarde o temparano tendría que proclamar lo dicho en su reciente Discurso sobre el estado de la Unión, enumerando enormes fallos y carencias y conjurando el We the Nation para intentar salir de tan mal paso. No entro a valorar el cinismo que le achaca la oposición republicana, sino el recurso al juntos nosotros podemos, que es la sociedad norteamericana, cuando lo único que ha venido apreciando en ella es al indivíduo como unidad de agregación para cualquier objeto, v. gr.: estadístico, económico e incluso político (un hombre un voto).

martes, 18 de enero de 2011

Ilusión


"Hay algo que da esplendor a cuanto existe, y es la ilusión de encontrar algo a la vuelta de la esquina" (G. K. Chesterton).

Aún está más cerca. Es ver mi mano y descubrir la perfección de su movimiento, el gesto cambiante de mi rostro en el espejo, las honduras de su mirar… Quizá descubrirme el alma ante el azogue.

Mi familia


Cada vez veo más claro, porque lo compruebo desde hace decenios, que la familia es un proyecto de vida a largo plazo en el que son actores los hijos, padres y abuelos, los hermanos, los tíos y los primos y hasta los padrinos. Ella transmite a sus miembros el sentido del tiempo y del espacio y, sobre todo, el sentimiento y la experiencia del amor gratuito, recibido y dado; reconoce la dignidad de cada cual y la fe en uno mismo y en el otro...

lunes, 3 de enero de 2011

De frente, mejor que dar el perfil


Si quieres permanecer en un país de ciegos y eres tuerto, no pretendas convertirte en el rey, ni siquiera en uno de sus lacayos. Habrás de dejarte arrancar el ojo que te queda. Tal es la voluntad de liquidación de la disidencia, aunque sólo se tradujera en una inexpresada libertad de pensamiento, a manos de mediocres astutos y envilecidos.

martes, 28 de diciembre de 2010

Mammona


Tengo unos cuadernos donde apunto “cosas oídas y cosas leídas”, que me gusta de vez en cuando repasar desde la perspectiva de su futuro, que es el hoy. Entre ellas hay de todo, desde expresiones populares u ocurrentes hasta algún “textículo” propio de un prospecto, eso que ahora se llama “la literatura”, que acompaña píldoras, cápsulas o viales medicamentosos.

En mayo de 2006, bajo el logo de una entidad financiera, leí un rotundo “¿Quieres? Puedes”, seguido de una verdad de conveniencia ―“el dinero nos hace libres”― y el saludo al potencial cliente con unas letrillas:“Bienvenido/ al lado bueno del dinero./ A un mundo,/ en el que solo hace falta querer,/ para poder./ Bienvenido a...” y seguía la razón social.

Por lo que veían y oían, entre incrédulos y envidiosos, a mis amigos centroeuropeos España les parecía ese Pays de Cocagne del imaginario medieval europeo que pintara Brueghel “el Viejo”. Una especie de paraíso terrenal en el que mana la abundancia, donde no se conoce el hambre ni las guerras y el esfuerzo está proscrito, a no ser para el juego y el ejercicio de la pereza.

El milagro español, decían. Entonces, todo era dar para cualquier negocio o chuchería. Ahora toca pedir a los entrampados y equilibrar balances.

domingo, 26 de diciembre de 2010

Expectación


Dieciocho de diciembre. Me decido a dar un paseo mañanero haciendo la ronda de las murallas de Pamplona, desde el Portal de la Taconera y el revellín de San Roque hasta finalizar más allá del fortín de San Bartolomé, en lo alto de la que decimos ripa o cuesta de Beloso. Voy a estrenar la pasarela de moderna factura que salva por arriba la antigua puerta de Labrit. Será una solemne caminata entre baluartes y revellines de traza Vauban, con magníficas vistas invernales desde el alto borde de la meseta pamplonesa, por cuyo pie discurre un caudaloso río Arga.

Es también sábado de Adviento instituido como «día celebérrimo y preclaro» por los padres del X Concilio de Toledo, allá por el año 656, a fin de celebrar la expectación del parto de la Virgen María desde ocho días antes del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo. Se le llamó día de Santa María o de la Expectación de la Virgen, pero la devoción popular lo consagró definitivamente como fiesta de Nuestra Señora de la O, por causa de las antífonas de esperanza que se recitan a diario desde la víspera: «O Sapientia, O Adonai, O Enmanuel… veni!».

A medio camino, pasado el Portal Nuevo, entre Recoletas y Santo Andía, hay una pequeña plaza ―recoleta, debería reiterar― donde desde el siglo XIV se venera una gran imagen gótica (santu aundia) de Santa María expectante el parto, cuya primitiva basílica medieval, adosada al convento de los Carmelitas descalzos, estuvo regentada por la antigua cofradía de Languinobrari, de labradores. Y aquí me detengo un rato porque hoy camino evocador de tiempos y personas que no volverán.


Esta Plazuela de la O es un rincón pintoresco desde el que, mediante una gran escalinata de piedra de varios tramos, se puede descender al pie del Portal Nuevo. Es un lugar donde me he divertido mucho en mi niñez. Acompañados por nuestro preceptor y algún amigo que se pegaba, mi hermano y yo jugábamos a las chapas haciéndolas descender a golpecitos de nuestros dedos por las quebradas zancas escaleras abajo, cuidando que no se salieran del trazado, porque si era la tuya perdías la tirada y te aventajaban los contrincantes. El asunto era ver quien llegaba el primero al final de la escalera. No había premio, solo honrilla. Las chapas eran tapones de cerveza El León, de Cinzano y también de Orange Crush. Por su poco peso no era difícil que se cayeran del circuito. En vista de lo cual, preparaba las mías en boxes: la sacristía de la parroquia de San Nicolás, con la inestimable ayuda de un “monago” apellidado Celaya. Allí, ocultándonos de Trifón, el iracundo sacristán, hacíamos caer unas gotas de cera de los cirios sobre el revés de cada chapa y la cubríamos de nuevo con su junta de corcho, previamente extraída. Daban el pego y de este modo conseguíamos que ganaran peso y estabilidad.

Pero no solo evoco hoy juegos de niños, sino también a una tía abuela ―”La tía”, por antonomasia― bautizada con el nombre de María Expectación, “Expecta” para todo el mundo. Nombre inhabitual y extraño que no sé a qué piedad o devoción familiar pudo responder. Porque ella nació en agosto de 1899 ―«con el siglo», decía―, el día de San Lorenzo. De haberse aplicado los usos de la época, hubiera debido llamarse Lorenza. Pero no fue así y nadie podrá aclarármelo.

Enviudó joven todavía y sin hijos. Recibió en herencia un patrimonio mediano, pero siempre se trató a lo pobre y creo que literalmente padeció la vida. En cualquier caso, no la vivió sino como un valle de lágrimas. Era hija de su época: luto riguroso o aliviado y cabello siempre recogido, a lo sumo tocada su cabeza con un casquete con velito por los ojos y unas pieles de fuina por los hombros. Temerosa de Dios, adoradora infatigable, bajo espesa mantilla, en las Auras Juevistas promovidas por los padres Redentoristas. Su mayor preocupación era que de chicos «aprovecháramos bien», que ―en su lenguaje― nos hiciéramos personas de provecho. ¡Ah, y el escote y el largo del vestido de sus sobrinas!

No hubiera sabido describir su personalidad hasta toparme con un personaje de novela de la escritora Donna Leon, con alguien que se pasaba la vida «diciendo que no a todo lo que no fuera estrictamente necesario para la supervivencia. Ni se gozaba de los placeres ni se atendían los deseos, mientras la vida iba transcurriendo. O, lo que es peor, el placer se pervertía, y se encontraba sólo en la abstinencia y el deseo de satisfacción sólo atesorando el producto de las privaciones».[1]

Este podría ser su vivo y amargo retrato hasta su claudicación y entrega al amor de los “biznietos”, cuando se avino a ser atendida.

Recibimos el ciento por uno. Descanse en paz.


[1] LEON, Donna, Doctored Evidence. Trad esp. (Pruebas falsas) de Ana María de la Fuente. Seix Barral, Barcelona. 2005, p. 155.

sábado, 18 de diciembre de 2010

El talento postrero


Se me ocurrió una tarde de verano de 2003, a las 20,22 horas, que si le inyectaramos talento, confundiríamos al sistema y nadie sabría a qué atenerse, porque tendría que dejar de aplicar los métodos y herramientas supuestos ad hoc y forzosamente innovar. ¡La revolución!. Pasaron los días del estío de un año y otro y  optamos, sin saberlo, por dejarlo como estaba en su áurea mediocridad. Estamos ahora en sus postrimerías.

Hoy y mañana


A veces pienso al leerlo que Jaime, que parece insignificante, tiene una mirada estereoscópica. Ve más allá de lo que yo mismo veo…
Pero no. No si lo pienso bien. Creo que no es que tenga más capacidad de ver que yo. Es que repara en lo que ve, se para a mirarlo, no vive metido en el “bollo”, tiene menos prisa, paz. A mí me mata el “mañana”, por eso pierdo el tiempo hoy, y lo que realmente me cansa es dar vueltas a mi propio yo en un futuro que quizá no llegue a ser presente. Un despropósito.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Amatxo María



Falleció Amatxo María el día de San Martín. Contaba cien años de edad, menos un mes. Sintiéndose morir, dispuso volver a su casa de Leitza para allí ser velada y luego, en cortejo de familia y allegados, recibir sepultura en la tierra que ha sido testigo diario de su esforzado vivir. Mostraba en su féretro el rostro que siempre tuvo, apacible y sereno. Me dijeron que en su última enfermedad no sufrió y yo recordé las palabras del gran Leonardo al decir que “una vida bien usada causa una dulce muerte”. Porque María, todo fuerza y kozkor, no paró siquiera un momento en la suya. Prototipo de la mujer navarra, temerosa de Dios, sencilla, maternal, trabajadora, puntal y centro de su casa.
Los amores vienen de lejos. En 1982, los Carreño y los Baleztena celebramos cincuenta años de amistad. Intimaron con mis mayores en Leitza, allá por el 32, cuando huidos por los pelos de los sicarios de la República mis abuelos encontraron paz en aquél lugar. Leitza no fue un exilio para los míos, sino Navarra una nueva patria chica que decididamente les arraigó. En la paz bucólica de Leitza su vida no languideció, antes bien cobró tono y hasta vida social en Petrorena y sus aledaños, solar donde pululaban baleztenas, jaurrietas, carreños, trigonas y cualesquiera personas “de fundamento” que por allí recalaran, fueran rusos blancos, niños austriacos o gentes de Zaragoza.
Primero se alojaron en Iñaziobarun, luego en la fonda de la Calixta y, por fin, en Ofizina, donde los Zabaleta les alquilaron durante los veranos de varios lustros todo un piso de su casa. Se la conocía por este nombre desde que allá por los años 1912 ó 13 tuvieron en ella su sede provisional los ingenieros que tendieron la línea férrea del Plazaola entre Pamplona y Leitza.
Amatxo María, también Zabaleta de apellido, casó a casa de su marido Joshé Miel, carpintero de oficio. Pero esto ocurrió cuando éste volvió de la guerra, cuando desmovilizaron a su quinta. El ama joven se hizo cargo de la casa y también de su suegro Miel Joshé y de María y Angelita, sus hijas solteras. Seguidos llegarían una hija y tres varones, casi de mi edad: María Luisa (Chichinita), Juanito, José Ángel y Miguelico. Yo nací en el 48 y desde el mismo año veraneé en Leiza con mis padres y abuelos, entre tatas, tías solteras, María y Angelita, todas yendo, viniendo y cotorreando. La que ponía orden era la Amatxo y los hombres de la casa se dejaban hacer, mientras refunfuñaba el gineceo: “¡Venga, puess, no tenéis mejor cosa que haser! ¡Hala, a trabajarr…!” Aún no mediaba la mañana y ella ya había echado de comer a la vaca, a cerdos y gallinas, puesto el desayuno a los mayores, en planta la casa y se disponía a regar puerros, cebollas, tomates y vainas en su pequeño huerto, en el meandro de la regata. O a desgranar maíces, o dar la vuelta a las castañas y luego apañar un guiso sustancioso para la comida.
De la mano de esta mujer aprendí también a dar los primeros pasos por nuestra tierra, y descubrir grillos, luciérnagas, sapos y ranas; que los cabezones tenían tripas y que las abejas hacían miel, pero picaban con su aguijón; que las vacas parían y que luego les colgaba un no sé qué que nunca me dijeron. Izeba Angelita acariciaba el lomo de la parida mientras le decía “goshua, goshua!” y le daba a beber un balde con una tibia infusión de manzanilla, se conoce que para entonar a la res.
Ya mayorcito, me introdujeron en el mundo de la fabulación, excitando mi infantil imaginación con historias y sucedidos de la montaña: de brujas y lamías en Leitzalarrea, sucesos inexplicables, extraños brillos nocturnos en el cercano cementerio de los burros... La versión local del hombre del saco era Chiquito de Berástegui en carne y hueso, un vecino del pueblo colindante, corto de estatura, con cuya sola mención vencían mis rebeldías a la hora de la siesta o conseguían que volviera de los maizales donde me había ocultado para no hacerla.
Entorno mis ojos y los veo por ahí, vivos aún, a Miel Joshé, a las izebas María y Angelita, a Joshé Miel y a su hijo José Ángel. “¡N'este mundo…!”. Amatxo María también se ha ido al cielo. Siempre la quise porque casi me vio nacer. Sus ojos me transmitían una chispa connivente, como queriéndome decir ¡si yo te contara! Y de este modo yo comprendía lo que yo mismo ignoraba.
Cierro otro largo capítulo de mi vida y a todos les canto con aires de zortziko navarro Agur, Jesus'en ama,/ Birjiña maitea,/ agur, itxasoko izar/ dizdiratzailea./ Agur, zeruko eguzki/ pozkidaz betea. … Agur, Ama nerea,/ Agur, agur, agur.