viernes, 17 de febrero de 2017

LINCOLN, on the Way



Hace de esto bastantes años. Eran tiempos en los que gobernaba la “Dama de hierro”. Yo vivía en el Hampshire, practicando la lengua inglesa y repasando sus reglas gramaticales. Los fines de semana del invierno eran mortales de necesidad, a no ser que Anthony se sacudiera la modorra después de una semana de trabajo, riñera con su espesa novia y, a cuenta de la costa y de conducir su amado Triumph Spitfire Mark I que él mismo había restaurado, nos llevara a algún sitio previamente consensuado conmigo y con Takeyoshi. A ambos nos gustaban las piedras con historia y preparábamos de antemano la excursión. A Anthony, le “ponía” sólo pensar que, en el caso que nos ocupa, podría intentar hacer 243 millas en menos de 5 horas con su new car y regresar, gratis total, copas incluidas. Tomaríamos la A1 y nos adentraríamos en las Midlands para llegarnos hasta Lincoln, que suena americano pero no lo es. Por el noreste no está lejos de Nottingham, donde el personaje épico Robin de Locksley inspiró la leyenda de Robin Hood. La excursión nos llevaría día y medio. Anthony podría, pues, tumbar la aguja por la highway.

Logré catequizar a Take solo con el hecho de mencionarle que la catedral gótica, dedicada a la Bienaventurada Virgen María fue el edificio más alto del mundo entre los siglos XIV y XVI. Le expliqué el sentido de la grandeza de las construcciones góticas cristianas, cuyas estructuras arquitectónicas buscan el cielo. No me callé tampoco mi interés por rendir homenaje a Leonor de Castilla, que casara con Eduardo I Plantagenet (“Longshanks” o zanquilargo) como modo matrimonial de evitar la invasión castellana de Gascuña, entonces bajo dominación inglesa. No fue solo un casamiento por razones de Estado, sino que resultó ejemplar hasta el fallecimiento de la reina en 1290. Cuentan las crónicas que el rey mandó celebrar un hermosísimo funeral, tras el que se le dio sepultura en la abadía de Westminster y sus vísceras depositadas en la catedral de Lincoln, bajo una reproducción de la tumba que se le preparó en Wetsminster Abbey. Como nota al margen tengo que decir que el matrimonio tuvo 15 hijos y que el rey hizo levantar doce cruces a lo largo del cortejo fúnebre, desde Nottingham hasta su sepultura. La duodécima cruz es la que hoy conocemos como Charing Cross, en Londres, donde se encuentra la plaza y la estación ferroviaria.


Inenarrable aquí la visita a la catedral. Pero sí quería contar que en sus muros encontré evidencias jacobeas, como el peregrino que malamente esbocé en mi cuaderno de campo e ilustra esta entrada. Luego supe más: los peregrinos  —aún no eran anglicanos— partían de allá hacia Compostela siguiendo el Camino por King’s Lynn y Halles Abbey hasta Bristol o Londres, para alcanzar luego la costa en Plymouth, Dartmouth, Brighton, Southampton o Canterbury, ésta más cerca de Londres, donde embarcaban en buques medievales para cruzar el tempestuoso canal de La Mancha y llegarse hasta el litoral francés. Desde allí seguían, según les conviniera, el Camino de la costa —St. Mathieu-de Fine-Terre, Quimper, Nantes, Burdeos, Irún, Oviedo y Compostela— o, tras visitar el Mont St. Michel y Angers, Caen, Rouen y Chartes o el mismísimo Amiens, se unían a los peregrinos que recorrían la Vía Turonense de París a Santíago vía Ostabat y Roncesvalles, es decir, hasta la Vía Francígena. Los más osados se embarcaban en Plymouth rumbo a El Ferrol o La Coruña para llegarse al Mesón do Vento y desde allí a Santiago, si no sucumbían en la travesía.


Toda Europa está surcada de caminos por los que han ido y venido pasajeros y peregrinos desde que el hombre es hombre. El de Compostela es el europeo más señalado por su contenido religioso desde el tiempo de los Apóstoles. Ha sido denominado «calle mayor de Europa» y considerado Patrimonio de la Humanidad. Importante fue para los peregrinos llegarse hasta la tumba de Santiago Apóstol, pero otro tanto su regreso a casa empapados de maravillosos relatos y de las culturas de cuantos se toparon en su recorrer, que a veces les llevó la vida entera.

martes, 24 de enero de 2017

Trump[eter]






¿Cómo hacer sin contradecirlo todo lo que proclama para agradar los oídos de esa hastiada mayoría silenciosa, maltratada por la situación económica y social, que le acaba de dar el sillón presidencial de los Estados Unidos de América (USA)?

En los tiempos que corren de la tercera revolución industrial se dan dos visiones del mundo y su futuro tecnológico. La rotundamente optimista, para la que «la tecnología digital puede ser una fuerza de la naturaleza que llevará a las personas a una mayor armonía mundial»[1], y las tecnopesimistas, que son básicamente dos, a las que me quiero referir porque vienen al caso.

Como si se tratase de una orienteering competition, todas parten de una misma salida pero llegan a distinta meta. Aunque con distinto dorsal, ambas van uniformadas con las nuevas tecnologías al uso y parten de una misma idea, según la cual la mayor productividad de la economía es la que ha hecho a una generación más rica que la anterior.

Con la mirada puesta en los USA, Robert Gordon, profesor de Ciencias Sociales de la Northwestern University (USA), acaba sosteniendo: primero, que la revolución digital está sobrevalorada; segundo, que la verdadera revolución tecnológica tuvo lugar entre finales del siglo XIX y principios del XX, con la electricidad, el teléfono y el automóvil; tercero, que el crecimiento económico no volverá a los niveles estelares que hicieron posible aquéllas innovaciones.[2]

Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee, ambos profesores del MIT (USA)[3], no comparten esta visión. Sostienen que a pesar de que los ingresos medios del ciudadano americano se hayan estancado, a pesar de que el desempleo haya crecido rápidamente y a pesar también de las crecientes desigualdades económicas, no puede decirse que haya un estancamiento tecnológico. Lo cierto es que se está acelerando la revolución digital con avances que nos pueden parecer como de ciencia ficción. Las tecnologías digitales están sustituyendo rápidamente a destrezas hasta ahora humanas. Este es un fenómeno generalizado y profundo que tiene hondas implicaciones económicas, unas positivas y otras claramente negativas, además de exigir nuevos requerimientos. Entre las positivas han de citarse los incrementos de la productividad, la reducción de los precios y la mejora general de la economía. Las negativas inciden sobre la distribución de la renta y el incremento del desempleo. De donde resultaría que el progreso técnico y el pleno empleo serían mutuamente excluyentes.

Pero es que, además, no estamos hablando solo de la revolución tecnológica que es la que ha dejado en la calle a buena parte de los electores de Trump. No cabe aislar ésta del proceso autodestructivo en el que el mundo occidental está inmerso. Centrando en los USA la cuestión que nos ocupa, tenemos que considerarla conjuntamente con las consecuencias que está teniendo la política de una progresiva destrucción de recursos no renovables y del medio natural hasta ahora seguida por los USA y que promete continuar, haciendo caso omiso a los compromisos sentados en las sucesivas Cumbres de la Tierra.

Progreso técnico excluyente del pleno empleo, consumo y desarrollo ilimitado reñidos con la conservación de la naturaleza, salvo que sean frenados. Más aún, si bien la ciencia y la tecnología pueden asegurar al género humano los medios materiales necesarios para hacer ciertas cosas, no pueden proporcionarle estabilidad y progreso. Ni dotarle de fines. «La civilización moderna ha dejado a un lado la cultura», como decía Jaki: «desde la teoría de la relatividad se ha predicado el evangelio según el cual todo es relativo. Y esto se ha convertido en la única verdad absoluta.»[4]

De ahí que la nueva situación que se ha creado requiera no palabras ni eslóganes electorales, sino nuevos modelos empresariales, nuevas estructuras organizativas y también nuevas instituciones que sean capaces que afrontar los nuevos tiempos. ¿Cómo?

Vienen a cuento —creo yo— unas palabras de Alexis Carrel, Nobel de Medicina (1912): «Nosotros queremos hacer por el hombre lo que Henry Ford ha hecho por el automóvil. Hay que arrebatar la primacía a lo económico y dársela al ser humano. El liberalismo ha conducido a los democracias a la bancarrota. El marxismo se ha hundido en la más abyecta de las barbaries. Los hombres necesitan hoy una doctrina nueva, a fin de reconstruir la civilización. El trabajo más urgente es aprender a conducirnos observando la leyes de la vida.»[5]

P.D.- Alguien definió a los USA como un país que pasó de la barbarie a la civilización sin pasar por la cultura.





[1] NEGROPONTE, Nicholas, Being Digital. Knopf, 1995.
[2] The Rise and Fall of American Growth. Princeton University Press, 2016.
[3] Race Against the Machine. How the Digital Revolution is Accelerating Innovation, Driving Productivity, and Irreversibly Transforming Employment and the Economy. Digital Frontier Press, 2011.
[4] JAKI, Stanley L., O.S.B., profesor de Historia y Filosofía en la Seton Hall University, South Orange (EE.UU). Cit. Zenit-Avvenire, 27 de noviembre de 2001.
[5] CARREL, Alexis, “Fragmentos del diario (25 de octubre de 1941), en Viaje a Lourdes. Madrid, 1979, p. 107

viernes, 20 de enero de 2017

Brexiteers


El Confidencial
 La idea que venden los políticos es que todo el mundo ha resultado vencedor en el proceso de globalización en el que estamos inmersos, pero la realidad es bien otra. Está a la vista que los países del norte —los del G7 y G20— son ganadores, los del sur perdedores. Los del norte disponen de tecnología, los del sur ofrecen mano de obra barata. Así se explica el proceso de deslocalización de actividades industriales hacia éstos últimos, al objeto de abaratar costes. Pero es el caso de que también hay perdedores en los países que van a la cabeza de ese proceso de globalización: son los desempleados y descontentos generados por la indicada deslocalización.

Así se explica en gran medida el triunfo electoral de Donald Trump en Estados Unidos (USA) y del Brexit en Inglaterra, que no en todo el Reino Unido (UK), apoyados por masas de desempleados y descontentos por la crisis social derivada de una crisis económica, a su vez consecuencia de la mundialización, como queda dicho.

El proceso de globalización no viene de muy lejos. Tres han sido sus retos hasta el momento: mover mercancías, mover ideas y mover personas. El resultado de las dos primeras ha sido un radical descenso de los costes en las modernas economías. Desde 1820 tuvo lugar una revolución de los métodos de transporte; a partir de 1990 hemos asistido a una auténtica revolución de las tecnologías de la información y comunicación, y desde ahora mismo se producirá una revolución de la telerobótica y del teletrabajo en redes.[1]

Teniendo lo dicho en cuenta, es un error mantener que el problema de los USA y de UK radica en la deslocalización de la actividad económica y en la inmigración. Más aún pretender resolver los problemas del siglo XXI con instrumentos propios del siglo XX, como se anuncia que se va a hacer: la rebaja de impuestos a las empresas, para que sus productos sean más competitivos, al tiempo que la subida de los aranceles aduaneros para defender a aquéllos de la competencia exterior. Ambos insostenibles en el tiempo, como lo ha demostrado la historia.

La difícil situación social y migratoria, tanto de los USA como de UK va a tener que enfrentarse no solo con la competencia de países terceros, sino con la nueva fase del proceso de globalización, antes aludida, que ahora mismo se abre, que van a eliminar todavía más puestos de trabajo directo y, por tanto, abaratar costes al tiempo que aumenta el desempleo. Además siempre existirá la opción de deslocalizar la mano de obra hacia países sureños.

En el caso de UK los clarividentes brexiteers van a tener que lidiar con la nueva fase globalizadora, a la vez que con el hecho de que numerosas industrias británicas dependen de la propiedad intelectual, la tecnología, la logística y los servicios del resto de Europa. Y su mercado es, además, el de la Unión. Si carecen de algo  de lo dicho deberán cerrar.




[1] BALDWIN, Richard, The Great Convergence Information Technology and the New Globalization. Harvard University Press.

domingo, 15 de enero de 2017

A la intemperie



Envejecer hoy está mal visto, pero no pudiendo remediarlo… La viñeta de René no puede ser más cariñosa y expresiva de tres abuelitas que seguro que enterraron hace décadas a sus maridos, pero que parece que les va bien en la vida. No se privan del tresillo ni del chocolate con pastas. Parecen estar, además, bien de la cabeza. La más cotilla acaso sea Cecilia, que ni toma chocolate ni para de hablar.

Quizá sí, quizá no. Quizá —como decía Borges— a estas tres mujeres no les una el amor, sino el espanto asociado al vacío y a la tristeza. Dos viudas son pareja, tres multitud en la sociedad del vacío existencial que vivimos. Tres quizá puedan sobrevivir al aburrimiento. Saben que el precio que van a pagar por su edad es la soledad, porque —decía un anciano— «tu mundo muere antes que tú»: unos se marchan, otros mueren, y no te queda sino tirarte a la cuneta para dejarte morir.


La soledad, gran enfermedad de la civilización postmoderna. La gente circula cada vez más, pero las personas se encuentran cada vez menos. Hay menos sociedad, «menos patrias», alguien dijo. Antes, la imagen de la desdicha era alguien comiendo solo, hoy es una silueta caminando hacia ninguna parte, donde reina la intemperie.