lunes, 19 de mayo de 2014

Mi casa sin mujer


Al poeta más prolífico que jamás haya existido, el persa Hakim Ferdusí, no le pasó entonces desapercibido y así lo dejó escrito en su monumental Libro de los Reyes: «Si deseas tener un jardín con rosas, alhelíes, jazmines y claveles, planta en tu jardín interior una mujer, porque en ella se compendian las esencias de todas las flores». Es así. La mujer ocupa con esas sus esencias el espacio interior; luego también el exterior, porque la mujer tiene una innata capacidad de transformar cualquier espacio vacío en un sitio apropiado para vivir. Se le reconocen destrezas que dan sentido a los lugares y a los días. Una mujer se hace hueco y planta hogar, donde cuida la vida dispensando amor al marido, al menor, al mayor. Esta es su sabiduría.

A mí me ha dejado mi mujer, por dos meses solo, pero me ha dejado. Se excusa en el parto de su hija para irse ultramar. Hoy estoy compuesto y sin mujer. Tengo de todo, menos mujer. Bueno, me sobra casa y ajuar. Tengo mi orden y, a ratos, una gran soledad. Mi casa ahora es un lugar sin desafío, sin aventura. Sin mujer, mi vida es como una vela sin llama.

«Apagado va el hombre/sin luz de mujer» (Miguel Hernández)


domingo, 18 de mayo de 2014

La ruta de los aromas


Fly es un bichón maltés de cuatro años. Un reloj biológico de cuatro kilos que estos días me tiene hipotecado, porque un perrillo amable y amoroso es mucho para uno solo. Es un cotilla que me sigue por todos los rincones de la casa para enterarse de cuanto hago y pasa y acurrucarse a mis pies, o saltar sobre mis rodillas al menor descuido, haga lo que haga, con el susto correspondiente.

Hoy, domingo, estoy tronado. Me acosté tarde, vigilado por Fly.  A las siete de la mañana, con su dulce patita, me ha comunicado su necesidad: pis y caca. Mientras yo dudaba si abandonar la cama él me urgía y urgía. Al fin venció, me vestí como pude y con la cara sin lavar me tiré a la calle. Una mañana primaveral, cantaban los pajarillos y yo caminaba zombi conducido por el perro. Hay que dejarle hacer porque todo los días sigue el mismo recorrido: olisquea por su orden esquinas, árboles y parterres para dejar su marca en ellos. Algunas farolas están tan meadas que, a pesar del zincado, están corroídas.

Por aquí, allá y acullá. Va a lo suyo y no hay congénere que le distraiga. Cuando tira de la correa en una especie de repentino frenesí, es caca. Duda del sitio, de la postura a adoptar, pero la cosa urge, urge, porque viene, le viene ya… Tan complicado resulta que algunas veces levanta la pata contra el árbol y se caga. Como las gallinas, que sueltan todo a la vez. Y el amo, duro de riñones, ha de tirarse al suelo para recoger el regalo con la bolsita… La cosa está estudiada y prevista por los servicios municipales porque de trecho en trecho hay en las farolas una rojigris papelera —¿cacalera?— donde depositar la tibia materia. Luego el perro enfila hacia casa. Me lleva.


Me he preparado el desayuno y Fly se ha sentado a mis pies, como Lázaro. ¿Cómo desayunar sin ofrecerle algo para acallar mi conciencia? Y el pequeño can me acompaña con dos galletas a cuartos mojadas suficientemente en mi café con leche. Y a la voz de “acó”, se acabó, pide jugar, porque ahora toca jugar. Y sale pitando a buscar el “trapo”, que no es sino un retal de un tejido que asemeja una piel de oso. El juego consiste en


hacer como que me lo da, que se lo cojo y que me lo quita. Yo le hago rabiar enfundándome la mano, que me muerde con cuidado y, así, hasta que se cansa y me harto. Son  las ocho de la mañana de un luminoso domingo. Mañana más. ¡Jopé!

La caza electoral


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Están convocadas elecciones al Parlamento Europeo. A la entrada de mi casa, en una mesita, días atrás he dejado una caja de cartón que voy alimentando con toda la propaganda electoral que viene a mi nombre o que se me buzonea. Está terciada y aún faltan varios días de campaña. En algún momento me sentaré para ver qué me ofrecen los unos y los otros, a fin de decidir mi voto en función de los ofrecimientos, votar en blanco o bien ni tomarme la molestia de acudir a las urnas, especialmente si luce un buen día para pasarlo en el monte o la montaña. Se dice que la omisión del voto —no la emisión—  es irresponsable, pero cada vez medito más sobre lo que supone esta actitud postmoderna —¿omisa o activa?—, muy generalizada y creciente por todo Occidente. No hablo de nada raro, porque en el ámbito ético, por tanto en el jurídico, se conoce la acción por omisión. Hay un refrán francés que dice: «les absents ont toujours tort», que vale decir que los ausentes nunca tienen razón. Sin embargo, pienso que la dejación puede ser una acción deliberada del indignado ciudadano, quien no cree ser respetado como tal, sino considerado como un semoviente habitante de la gran granja orwelliana, en la que todos son iguales pero unos más iguales que otros. Son gentes que, en expresión barojiana, «quieren vivir fuera de la retórica y de la cuquería política». Hasta aquí han llegado las cosas.

—2 —

Cuando ni lo sospecho, surgen en los medios audiovisuales cuñas y spots con los que los hombres —y mujeres— de la sigla me intentan vender su moto. Una puesta en escena a la medida: entorno, voz e intérpretes caracterizados y en una estudiada y supuestamente convincente alternancia. El mensaje incitativo no va más allá de unas eufónicas generalidades como si de una muy comedida arenga se tratara antes de entrar en acción: ven conmigo, lo haré bien, daré respuesta a tus inquietudes, esas que te vengo diciendo que lo son, escenificando con datos cargantes y medias verdades su mentira.

Vino luego el esperado gran debate televisivo entre los candidatos de los dos grandes. Un fiasco. Se salió del contexto electoral y tras una hora de tópicos y confusas vacilaciones con la matraca de lo leído, se saldó con una sandez sobre el supuestamente dificultoso debate hombre-mujer, seguido de las correlativas acusaciones de machismo y otras “memes” al uso. Algarabía partidista, estrépito huero frente al silencio elocuente de la vida que en realidad pasa.

— 3 —

He terminado de ver los papeles de la caja. Nada nuevo bajo el sol. Mi primer pensamiento es la enormidad del gasto que cada cual ha realizado para seducir al cuerpo electoral con sus proposiciones. Todas son iguales, quiero decir que responden a un mismo esquema. De fondo, el gran temor a la abstención y sus consecuencias directas: primera, que en perjuicio de los partidos grandes se alcen los pequeños, cuyos electores parecen más comprometidos con el mensaje  y disciplinados ante el llamamiento a las urnas; segunda, que quien gane las elecciones obtenga una muy mermada representación del censo, que moralmente deslegitima.

Quítate tú, que me ponga yo. Sigue la pretensión del olvídate del pasado, que el bueno soy yo y voy a hacer todo lo que no hizo quien me precedió, aunque fuera yo culpable de ello: reconquistaré… devolveré… creceré… súmate a los muchos que luchamos… Al gobernante actual se le demoniza e imputan medidas fracasadas, insolidaridad y fechorías sin cuento. La alternativa a todo ello no es otra que el sereno mensaje del comprométete con sólidos proyectos porque seguimos el buen camino, que ya está dando sus primeros frutos gracias al duro esfuerzo de todos y que, en breve, nos convertirá en el país de la Abundancia y recuperaremos el puesto que nos corresponde en el concierto internacional. Hay quien ve en ello el mismo programa de otra forma dicho. Convergencia o, peor, consenso ideológico metacapitalista en una confusión de números con esencias que conduce escalonadamente a un nuevo orden mundial del que ya se están beneficiando los poderes fácticos.

Léense también en la propaganda, a modo de eslóganes,  genialidades dichas sin pestañear: «los pueblos deciden», «solución al conflicto político», «voto de la lucha y de la rebeldía», «libertad y solidaridad de los pueblos», «el poder de la gente»…

También pueden verse cosas plausibles, que terminan sólo en su enunciado y son fácilmente olvidadas: que la política y la economía sirvan a las personas, a la mayoría, al pueblo.

De rondón y como si no fuera con él, aparece flamante quien exhibe en díptico multicolor su histórico bien hacer y deja libertad de voto a sus afiliados hacia su hermano mayor, con quien en turbia reyerta se peleó y dejó de hablar, rompiendo con ello una trayectoria política de varios lustros, que costó lo indecible dar a luz y criar.

Hay partidos pequeños que, sin apenas medios económicos, ofrecen otra calidad en un mensaje testimonial verdadero y, por ello, con pocas expectativas porque no es lo que se lleva.

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En fin, y yo, impotente, que no carezco de principios y que mendigo valores humanos —irónicamente hoy llamados democráticos— que parecen extinguidos junto con el sentido común, no sé donde guarecerme. Porque aquéllos no se proclaman, como todos hacen, sino que se forjan en el día a día y no todo el mundo vale para ello. Porque una cosa es administrar, bien o mal, y otra gobernar, que es oficio de hacer leyes y dictar los destinos de los pueblos. Aquí radica la gran decepción y la limpia indignación popular ante la mediocridad de audaces y cínicos, que se hacen con el poder que el pueblo les da. Sé que, por esta vez, yo no aplicaré el principio del mal menor.


Dame tu voto, que yo pondré la voz —dice el eslogan electorero—. En efecto, pondré la voz y el culo en el escaño, con nadie compartido.

lunes, 12 de mayo de 2014

Con el corazón parado



Merced al progreso técnico, a la vida se le han sacado los dobladillos y nos han sido otorgados, como poco, 15 años más de existencia. De existencia postmoderna, que no sé si es vida. Las mujeres del este de Europa, a cuyo cargo están mis nonagenarios padres, dicen con su media lengua que esa edad en su país no se conoce; que, como mucho mucho, ochenta años. Que no saben para qué la vida es tan larga. Algo de razón tienen si se le busca un sentido utilitario a tan larga edad, distinto del que les permite a ellas cobrar un  salario. Mi padre fue pensionista durante 25 años y no se aburrió. Su vida fue una vida vivida, “vida completa” en el sentido que le daba Marías, con una notable dimensión social. No quiero decir con ello que su casa fuera un centro de parties y recepciones epatantes, sino que él mismo se desenvolvía —con mi madre— en un entorno comunitario, además de tener una intensa vida interior. Su soledad, cuando la tenía, era buscada para “entrar en cuentas consigo”, como también decía don Julián.

Dicen que no saben para qué la vida es tan larga. También lo entiendo si nada hay que hacer y sólo pensamos en nosotros: el hombre postmoderno, aparte de machacarse el cuerpo en los gimnasios para lucir body, se aburre hasta el hastío porque no sabe llenar su vacío existencial, ni con el aturdimiento que nos proporcionan las perlas de efecto rápido que nos brinda la sociedad de consumo para huir de él. Esto ya de joven y, claro, muchísimo más de viejo, cuando se le haya acabado su pasado y carezca de un capitalito de cosas vividas al que recurrir.

Por lo que a mí respecta, remedando la expresión de Victor Frankl, de sesentón no tengo nada: ¡sólo he cumplido 33 años dos veces! Ni soy sesentón ni sexagenario, a lo sumo soixante, como —silabeando bien la “iks”— se chotea un amigo de muy buen ver. Estadística y genética familiar a mano, me consuela saber que ya no soy anciano. Cuando fallece alguno de mi edad, siempre hay una alguien mayor que yo —luciendo buenos arreos y aromas— que apostilla «¡ah, era muy joven!». Esta apreciación fúnebre me hace olvidar los prospectos de los medicamentos, con expresión aún no políticamente correcta, donde se me cataloga como tal. O esa recomendación de los servicios de salud, que me incluye entre las personas de riesgo que se deben vacunar anualmente contra la gripe. Antes los ancianos morían de las tres ces: cáncer, caída o cagada. Hoy morirse de eso no es fácil. De otra cosa también es complicado, porque si te da un perrenque lo peor que puede ocurrirte es que te quedes enganchado al respirador. Bueno, o que tengas una cita con el alemán ese que tiene nombre moro: Al-… No recuerdo más.

En fin, sí recuerdo unas cuentas que se echaba Luis Ignacio Parada en un célebre artículo por él escrito, en el siglo pasado, sobre Un marcapasos en el corazón de los políticos. Partía del hecho cierto que el corazón humano late a un promedio de 72 pulsaciones por minuto. Siendo esto así, llegar a los 65 años supone que el corazón haya latido 2.500 millones de veces; que entre latido y latido nos hayamos pasado 20 años con el corazón parado y —añadía con alborozo— que tengamos que vivir de una pensión.

viernes, 2 de mayo de 2014

El anticatolicismo liberal


En las vacaciones de Pascua tomé la decisión, pero no tuve cuerpo para arrancarme. Ahora, que me han dejado sólo, vestido de campaña me he armado con los trapos y el spray y he declarado la guerra al polvo que adorna mi cubil. Como todo me sale a medias, de mala gana y mal, se me  ha caído el primer estante encima. El perro ha salido como alma que lleva el diablo y yo me he topado con libros y viejos papelotes en un abigarramiento que hace que se acaricien los lomos Amin Maaluf y Martín Buxbaum con Horacio y los obispos de Bolivia.

Caen los trapos de mi mano y ojeo libros y notas. Me pregunto el por qué de mis acotaciones marginales en aquéllos, que me llevan a evocar el proceso de evolución de mis ilusiones, luego de mi pensamiento, a lo largo de mis años. Hay en él una constante: soy amante declarado de la libertad, no de la derivada del contrato social, sino de la de hijo de Dios. Hoy todo me rechina. Los “creyentes”, islamistas furibundos, crucificaban ayer a  mis hermanos cristianos en Siria. Los han despachado poco antes en Nigeria. Aquí, en el primer mundo, la cosa es más sutil.


Antes de meter mano al polvo, me quedo con una nota que parece escrita hoy. Es de Peter Vierick, premio Pulitzer de poesía en 1949, líder conservador partidario y defensor de un nuevo conservatismo norteamericano ajeno a cualquier radicalismo y totalitarismo de la “derecha histérica”. Dice así: «el anticatolicismo es el antisemitismo de los liberales».

J.J. Rousseau. Lic. Creative Commons

jueves, 1 de mayo de 2014

Un lugar de penitencia


Me acabo de quedar solo, como si dijera viudo, y ya me estoy buscando un lugar de penitencia. Un lugar, que no un sitio. Estoy donde estaba —incierto lugar— pero me he puesto a fruta. He decidido limpiarme de todo lo que me sobra en mi cuerpo gentil. No sé si lo lograré. De entrada fresas, que están baratas y olorosas, manzanas de la tierra, las últimas naranjas de mesa, peras —ya veremos— y el melón. Me priva la sandía, bien roja de aspecto, pero cara de precio; «samaritana de los pobres, placer de ricos», alguien dijo. Me dice mi frutera que viene de no sé dónde y que por eso… Igual del moro, que cosecha antes. Hay mucho abasto de fruta y verduras y aún tengo posibles pero, aunque tentado, he de tener cuidado con los azúcares. ¡Qué uvas! ¡Qué albaricoques!

Una alternativa a la fruta son los tomates feos, que decimos aquí. Una especie cultivada en las vegas tudelanas al modo tradicional. Son tan feos como difíciles de pelar, pero ambrosía pura. Me pongo ciego de ellos con un  chorrito de aceite y sal, pero me aportan demasiados hidratos de carbono. ¿Y las alcachofas de la Mejana? Fantásticas, solas o bien acompañadas. Tienen un problema retardado para vivir en sociedad: el incontenible y traidor meteoro.

Ayer limpié media caja de espárragos. Gruesos pero un poco embarrados por causa de las recientes lluvias. «Los de abril para mí, los de mayo para mi amo, los de junio para ninguno», dice el refrán fruto de la sabiduría popular. Templados, con un huevito en ellos escalfado… Están riquísimos. Lo malo es el aumento de la diuresis que producen y el pestazo del pis.


Me he prometido no comer proteína animal, ni carne ni pescado. Haré una Cuaresma extemporánea de asceta. Ya veremos dentro de una semana cómo tengo la esclerótica del ojo.