martes, 17 de junio de 2014

Sentar los reales



Me pregunta un logsero indignado —de lo primero no es culpable, aunque sea error vencible si tiene interés—  si eso de “sentar los reales”, dicho de un parlamentario, significa poner el culo en el escaño. Me salta la risa por la equiparación seudoescatológica, no del todo incierta porque donde se pone el culo a veces se caga, pero le tengo que decir que no. No es así. Es peor. Vaya por delante que pone el culo, en lunfardo, el ministro, que es el que recibe, no el que da. Pero este camino está desviado y vedado.

Es evidente que, al sentarse, uno pone el culo en el escaño y, sobre todo, deja ipso facto de ser culo de mal asiento. Pero poner el culo en el escaño tampoco significa agarrarse a él —aunque pudiera serlo— porque los humanos no tienen modo de agarrarse con el culo, por mucho que aprieten las nalgas. Los seres provistos de ventosas las tienen en el pie o en los brazos. Habría que considerar muy seriamente el caso de los ocho brazos del pulpo con los que se agarra a lo que sea, especialmente para llevarse condumio al pico.

Hay gente presuntuosa, de culo apretado, y otras que aprietan el culo contra el escaño al tiempo que ponen las barbas a remojar, a la espera de que se las recorten, porque no se las van a pelar. Nadie queda allí a culo pajarero, con el culo al aire, aunque sí casi todos caen de culo al ver llegar a inesperados representantes de la calle.

Volviendo a la escatología, culo no solo son las nalgas, dos, los músculos glúteos, dos. Allí donde la espalda pierde su honesto nombre incluye nalgas y citopigio, vulgo ano, por donde mayormente se caga, aunque las mayores cagadas suelen ser verbales, muy raramente cerebrales, que por no oler acaso pasen desapercibidas.

En fin, sentar los reales no es poner el culo, sino acampar, asentar el campamento del rey, con tiendas, cuadras, armas y toda la impedimenta. No es vivaquear las tropas al raso, valga la redundancia, sino poner culo y espalda en colchón, para larga temporada, sea a costa del rey o de la nación.


¡Átame esa mosca por el rabo, chaval!

Parlamentario

lunes, 16 de junio de 2014

Holismo


Recibió trigo y no supo hacer pan. De repente, el pequeño comenzó a discursear sobre el holismo de manera reiterada: “de manera holística…”, “bajo un tratamiento holístico de la cuestión…”, etc. Sonaba bien, como a Harvard. Otro palabro en su boca era “sistémico”. El cursillo, o “programa”  —como se revisten hoy de pompa estas cosas—, lo había hecho a trancas y barrancas, pero la negra no. Por eso el discurso siempre quedaba mal enfocado y no pasaba de palabrero. No obstante, sacó ventaja un amigo de la negra. Pasaba por allá y se subió a la ola para demostrar que por lo menos era capaz de tenerse en el hueco, aunque fuere una ola orillera. Trataría de hacer “olismo”, surfing, y una pasta.

Componer una política basada en la integración total y global de las necesidades sociales frente a un concepto o situación individual —el parcheo— es creer hoy en agüeros. El holismo hay que predicárselo no al ciudadano ni a los funcionarios, sino a los personajes políticos aupados en la administración y los que sientan sus reales en el parlamento. Lo contrario es sembrar a voleo sobre hormigón, para que la semilla se la coman los pájaros.

Ser holístico, en el mercado de hoy, es correr el grave riesgo de perder la razón, como don Quijote, y acabar tirando contra los odres.


Tan real como indignante.

Wikimedia Commons

Diantres


¡Diantre! exclamaban mis abuelos y mi madre cuando algo les salía mal, perdían alguna cosa y no daban con ella, gozaban de una contradicción o recibían un exabrupto inesperados. Era una interjección que aludía en mofa al diablo Cojuelo, enredador, travieso y hacedor de entuertos, quien se los deparaba sin que ello acabara en verdadero enojo o desesperanza que les llevara a echarse a todos los demonios. Diantre, es un diablo menor de la corte del mismísimo Satán, espíritu del mal. Pero el Cojuelo tiene tradición satírica en nuestra cultura desde el siglo XVII.

¡Diantre! decían mis abuelos, por ejemplo, cuando la tostada les caía del lado de la mantequilla. Mi abuelo se hubiera reído de haber conocido la empírica ley de Murphy, pero no hubiera compartido el carácter determinista del corolario de Finagle, a pesar de haber tenido buenas “razones” para ello, porque nunca pudo creer en la perversidad del Universo.

Pero hoy en día todo el mundo parece estar echado a los mismísimos demonios y ya no exclama ¡diantre! Sino, como poco, se caga en la puta. ¡¡¡Mecagüen la puta!!! No se sabe en cual de ellas. En una de sus acepciones parece ser exclamación paroxística consecuencia necesaria de la Ley de Murphy y de sus corolarios. ¿Quién podría decir que cualquiera de los energúmenos, que hacen gala de su soez decir, celebra ignorante la entropía antes de caer en su desespero? Además, ¿no es expresión del más vulgar e incorregible machismo?

Cagarse en la puta no conjura ningún mal, no reviste al que lo exclama de una especial agresividad. Vamos, que la interjección no acojona a nadie. Sí dice muy poco de la educación y del respeto hacia los demás. Se incluye entre esas palabras que decimos son soeces, es decir, inapropiadas, groseras u ofensivas en nuestra cultura. No me vale la hipocresía del melindroso mudo pu** o de la pixelización de la boca del vociferante. Para mí que es como esa norma yanki que impone la bolsa de papel para ocultar la petaca de licor con la que el gringo está agarrando una mierda de las que no te veo por las streets de cualquier ciudad.

Me quedo con el ¡diantre! de mis abuelos. Evidencia por lo menos fe en las cosas de Dios.

R. PARIS, La ofrenda de Mefistófeles. Museo Art Nouveau y Art Deco. Salamanca.


domingo, 15 de junio de 2014

El codiciado Eliseo


Al profeta  Elías lo arrebató un carro de fuego allá por el siglo IX antes de Cristo, según cuenta el libro de los Reyes. Le sucedió san Eliseo en la profecía cristiana. Antes que yo supiera el relato bíblico sobre éste, conocí a otro Eliseo que se movía por la ciudad impulsando con la fuerza de sus cortas piernas un “carrico” blanco, en el que se leía con letras de un rojo desvaído: «Eliseo Sanchiz Helados». Un negocio ambulante que databa de los tiempos juveniles de mi padre. Lo manejaba un levantino —no sé si valenciano o alicantino— que apareció por el norte buscando mercado para sus productos caseros: el helado —mantecado limón y fresa—,  las “crispetas”, que hizo famosísimas, y las manzanas caramelizadas de un rojo brillante, con las que los críos indefectiblemente se ponían perdida la ropa, para desesperación de sus madres. Era un tipo corto de estatura pero ubicuo, pues se le encontraba a la salida de los alumnos de todos los colegios. Allí hizo negocio, peseta a peseta —¡qué va, real a rea!— ; si tenías un duro te ofrecía de todo y aún te sobraba para otra vuelta. Incluso ejercía el oficio de cambista, pues trocaba cien francos viejos o un franco fuerte francés por un duro, y ganaba por lo menos nueve pesetas sólo en el cambio. De él se contaron historias mil y algunas bravuconadas. Presente en una carrera pedestre, se jactaba de la lentitud de los corredores, por lo que fue desafiado por éstos a competir. No teniendo ropa adecuada, se puso en camiseta y calzoncillos, y tuvo que requerir un imperdible para entornar la bragueta. No sé quién pudo vencer, si el paticorto o los despreciados por éste.


A Eliseo yo lo venía llegar, despachar e ir en busca de otra salida colegial. Nunca tuve más disponible que mis ojos para mirarle.

- 2014 -

viernes, 13 de junio de 2014

El hombre que enmohecía


Años ha que comenzó el resto de sus días y no conoce el orden. Pasa por pruebas y temores. No ha sido capaz de hacer descansar ni su cuerpo ni su alma. No llega a congratularse con su presente, hecho de gracias y errores, en el que predominan melancolías tan largas como su vida misma, sempiterna tentación. Desilusiones sinsentido, que le han limitado como lo hace su creciente dolor. Conoce sus obsesiones, vive por ellas aturdido y por el barullo que aborrece. Tiene abandonados el chic y la vida social. Nunca indiferente, con una sensibilidad a flor de piel, no sabe cómo querer y ha hecho del amor una imaginación.


No supo encontrar tarea digna a la que sumarse, ni de crearla con su trabajo. Ni alegre ni asequible, le dio la vuelta al pulpo aún no sabe si por convicción o por concupiscencia. No obtuvo riquezas, pero sí agobios y sabe que no podrá llevarse nada de aquí y que pagará con cuanto tenga. Se siente ulceroso bajo ropajes de grandilocuencia y ha sido fiel a Dios en la medida en que lo es un cristiano muy corriente, debatiéndose entre la traición y el arrepentimiento.

- 2014 -