Notorio es que cada cual es distinto del que tiene a su lado, en cuanto
se refiere a su personalidad. Unos la tenemos y mostramos cierta coherencia con
ella. Algunos otros creen que se puede estereotipar y crearla donde no la había.
Hay quien se ve tan singular que se cree Robinson Crusoe, que sólo necesita
crear en su magín una isla donde naufragar, y se ve encantado de la vida al
topar con la compañía de un negro Martes, aunque sea rojo, estelado o amarillo
con rapaz.
Pero no. Desde Navarra podemos afirmar que la personalidad es fruto de
muchísimas circunstancias que no están precisamente fundadas en la raza ni en
la lengua (hubo decimonónicos que así lo proclamaron), sino en el devenir
histórico fruto del esfuerzo común y en ese gran ámbito que denominamos la
cultura, muy difíciles de falsear porque, a la postre, como el corcho, la
verdad sale a flote. Una “gran putada” será al final la educación desarraigada
recibida por los boys independentistas,
leí recientemente.
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S. Lentz, Fanfarria Wikimedia Commons |
Esta distinta personalidad es enriquecedora para el común, como lo son
los instrumentos musicales para el conjunto de la orquesta. En esta, cada
instrumento tiene su son, pero la armonía sólo se consigue si hay una partitura
y músicos de por medio. Y yo me
pregunto: ¿Hay músicos entre todos los
soplagaitas que padecemos? ¿Existe una partitura, aunque sea breve y poco
gloriosa, que interpretar?¿El director tiene perfil de tal o es una sombra
chinesca?¿Y el primer violín? Solistas parece que hay, de bombo y chundas, que van a su aire, como en las
fiestas rurales.
Enzarzarnos en dilucidar si eso que vemos en el camino es hormiguero,
topera o conejera no conduce a nada. Seguramente a meter la pata. Hay grandes
maestros metepatas, que en el peor de los momentos se van de la pata abajo, con
gran cagada, y se buscan enemigos donde antes contaba con amigos o, por lo
menos, neutrales.
Se ha ido demasiado lejos por un camino injustificado. Aún creo que es
posible salvar la personalidad de cada cual, más aún, defenderla rabiosamente
en el conjunto orquestal que es España, pero interpretando la misma partitura
bajo una hábil y firme batuta. Pero ahora arrecian las voces y palmas en las
plateas al grito: “¡que empiece ya, que el público se va…!”, o sea, el elector.